Todos dejamos al final una lección

Esta anécdota la cuento y la cuento, como tantas cosas en las que me repito hasta que aprendo nuevos trucos.

Había sucedido un accidente terrible, contaba Andrés. Una familia que viajaba en una van, fue alcanzada por el tren e hizo pedazos al vehículo, con todas las personas que iban ahí. Una familia. Papá, mamá y dos hijos.

Los reporteros y fotógrafos llegaron a la zona del accidente, y en apoyo a los socorristas, empezaron a armar los cuerpos de la familia con los restos que encontraban en la afanosa búsqueda. Al final, después de horas de trabajo, lograron acomodar los cuerpos de las personas fallecidas. Sólo faltaba la cabeza del papá, que iba manejando.

Siguieron buscando, hasta que alguien llegó con la cabeza del hombre.

La traían tomada de los cabellos, como a una piñata. El señor era de pelo largo, así se usaba en aquella época.

En ese momento Andrés, y los demás, sabían que ya habían visto demasiado, quizás al grado de la despersonalización.

El fotógrafo de la fuente policiaca capta el horror dos veces antes de que la gente lo vea publicado y se aterre por completo. Tienen que aprender más rápido a atravesar la cámara ante las emociones y quizás en este proceso, se alejan de las víctimas, como en el caso de la anécdota de Andrés Arteaga, decano fotógrafo, de quien escuché esa historia, y luego alguien más la contó en otra fiesta, y se comentó años después en un bar y terminó en esa oceánica nube etílica que acompaña la vida periodística.

Que quede esta historia y utilísima anécdota para una clase de periodismo, en memoria del querido Andrés Arteaga, que en paz descanse.