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El eterno dilema del tamaño…

El eterno dilema del tamaño...
Un filósofo diría que el mismo planteamiento de ¿el tamaño importa? anularía a la premisa misma: desde el momento en que uno pregunta por las dimensiones de un pene, platica sobre el asunto, y exclama esos cuestionamientos, ya tenemos una inquietud intelectual o hasta no ver, no creer.
Creo que si me pongo a contar las veces que me han preguntado sobre ese tema, en alguna entrevisitita o hasta los mismos lectores y lectoras, serían cientos y cientos: es un mito ancestral orientar la fuerza y poder de un hombre nada más en unos cuantos centímetros (ash…) de pene. Los hombres están tan falocentrados en muchos casos, que no ven
más allá de sus priapos y no saben las maravillosas fortalezas que poseen en otro lado. Nada más denle chanza a sus manos y lenguas y luego verán que el pene más bien ha sido un accesorio alterno al placer erótico pleno y claro, necesario para la reproducción.
Les propongo que desde ahora adoptemos como ley universal que el tamaño sí importa, pero a cada individualidad. Es decir el pene gigante de aquel muchacho más enorme aún, se lleva pésimo con el cuerpecito de su pequeña novia, a quien casi le truena la pelvis (caso verídico). El micropene de talcual señor no encuentra bien los puntos centrales de la inexpugnable vagina de su mujer que es un tanto gordita. El pene de aquel compadre gay resulta un poco mediano para su pareja, quien ha tenido la mala costumbre de salir con puros chicos negros. Sin embargo cada uno de los falos de los citados caballeros poseen, como todo en el mundo, el estuche idóneo en donde pueden ser colocados con rotundo éxito.
En nuestro entorno mucha gente aún considera al coito como el verdadero sexo, sin considerar muy en serio las alternativas del erotismo que son infinitas. Esa idea de que si no hay penetración y encuentro vagina pene o pene ano ha convertido a los pobres penes en seres estresados que se ven orillados a cumplir en la batalla o a retirarse vergonzantemente. Ash.
A mí me parece demasiado estrés. El falo será todo lo delicioso que ustedes quieran (¿en qué se parece el pene a Bill Gates?: en que los dos son asquerosamente ricos. Ese es el chiste número dos que siempre cuento) pero creo que ya es tiempo de darle su justa dimensión. Además de que el señor priapo debe lidiar con gente que quiere mesurarlo, juzgarlo por sus dimensiones, todavía debe preocuparse por allegar una cantidad necesaria de sangre para que se pueda hinchar y endurecer. Y que no se baje porque la dama quiere sus cinco minutos completos de fricción. Para rematar con polka, si el buen hombre se calienta de más y se le va el tiro, vamos a tener problemas: la muchacha no llegó a buen término y con buena suerte habrá que esperar un rato para acabalarla.
La misma cultura machista que acuna a algunos de nuestros varones, sus pequeños micromachismos, son también los que provocan que el público en general considere a los penes como trofeos de diversos tamaños. Cada uno debe buscar el que mejor le acomode y sobre todo, que vaya pegado a un buen hombre que considere que hacer el amor es un asunto más allá de los genitales.

I am your father: elia.martinez.rodarte@gmail.com

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Les contaré una historia de samuráis: el veterano guerrero Kani Saizo guardaba la puerta de un palacio en Hiroshima cuando llegó un mensajero con un recado de su Señor (del jefazo pues). El viejo samurai Saizo al enterarse de que traía un mandado de más arriba, se puso lívido ya que se encontraba sin su casaca, sin sus dos espadas al cinto y desprevenido. Todos los guerreros de su casta deben estar vestidos honorablemente y alertas cuando escuchan nombrar a su Señor. Kani Saizo se recompuso en dos segundos y agradeció el mensaje al muchacho, diciendo que se presentaría de inmediato a palacio, pero el samurai, más clavado que bonito, regañó al chico por su estupidez. Así mismo le dijo. Lo reprendió porque la primera obligación de cualquier mensajero es avisar que se viene departe del Señor, para que así el recipendiario del mensaje estuviera honorablemente investido. El nombre del Señor del castillo que guardan es casi sagrado y un samurái vive para servirle.
El muchacho, reconoció su error y se retiró hecho todo tristezas. Al llegar al castillo, el joven paje le contó a sus compañeros la lección que tan agriamente había aprendido…y sólo bastó decirle a dos que tres chavillos para que todo mundo se enterara. El chisme llegó hasta los mismos oídos de su comandante Fukushima Saemon-taiyu Masanori quien emitió esta frase para la eternidad y como ejemplo para todos los jóvenes aspirantes a la vía del guerrero: Me gustaría que todos los samuráis tuvieran su espíritu, así no habría nada que no pudieran hacer”.
Y siguiendo las enseñanzas de nuestro sensei del bushido (la vía del guerrero) ¿qué aprendimos en esta linda historia japonesa? Primero que nada, que el pecho de nadie es bodega: a todo mundo le encanta el chisme, y si se trata de una historia en donde la desgracia de otra persona está implicada, qué mejor, porque así se le podrá aderezar con juicios, críticas y chiste alusivos, que irán mutando escandalosamente a medida que la historia vaya de una boca a otra.
La segunda lección es que siempre habrá alguien que lo note, se fije, se dé cuenta o inquiera por algo que nosotros ignoramos que debemos hacer o que está al pendiente de algo: cuando creemos que nadie va a enterarse. Eso es inevitable. Existe cerca de nosotros alguien o algunos que ciertamente nos juzgan de continuo y que incluso, poseen opiniones sólidas, formadas y muy estructuradas sobre lo que somos o no somos.
Y la lección tres, ligada a la uno en cierta forma, es que a todo el mundo le encanta meterse en lo que no le importa. Es inherente al ser humano. Un rasgo genético común a todas las razas. A todos y a todas en mayor medida nos aburre nuestra vida, y cuando el tedio está por desbordarse miramos al de al lado. O de plano hay morbo y es placentero morboserar en los dentros y en la intimidad de otros. He escuchado a personas elaborar un retrato hablado de prójimos que sólo han visto un segundo y presenciado a quien juzga a priori a gente que ni conoce. De ello están sostenidas muchas industrias del entretenimiento.
A todos nos gusta y lo hacemos ya sin querer, a veces queriendo y, en algunas, malqueriendo.
Como entidades sociales nos comunicamos también de esa forma. Una estructura tan honorable y ancestral como lo fueron las castas de samuráis nos brindan sabiduría en todos los niveles. Y en el espíritu lectivo de Masanori quedamos: quien se mete a fondo en la vida de otro, puede hacer (con la reputación del otro) lo que quiera.