Sólo para tus ojos

Espejos en el techo

La escena fue así.  Era un cuarto de motel de una ciudad desértica. Feroz congelador por su clima artificial. Tenía un pequeño garaje y la decoración del sitio estaba igual de recargada y apocalíptica como la han tenido todos los moteles de la historia. El individuo ingresó a la habitación caminando como un toro. Entonces miró al techo y exclamó: ¡espejos! Corrió hacia la tele y tras sortear largos canales pornográficos, dio con uno de música. Pidió atención. Se paró encima de la cama, comenzó a ondularse y se desabrochó uno a uno los botones de la bragueta, se desenfundó la camisa, se empezó a sobar como si buscase la cartera y siguió el strip tease más largo que he visto desde las rumberas del cine de oro mexicano. Cabe mencionar que el clima gélido no ayudó en nada.

Los espejos y el sexo se han acompañado desde que el ser humano ha follado y tiene la capacidad de reflejarse, como podría ser en un espejo de agua, sobre la superficie de un cristal o un metal pulidísimo que pudiese reflejar imágenes. Así se fabricaron los primeros espejos: puliendo superficies duras.

No olvidar, a través de la historia del espejo y sus muchísimos símbolos, el mito griego de Narciso, quién estaba enamorado de sí mismo y se cachondeaba con el reflejo de su linda personita, mientras las ninfas le oreaban las bragas, sin tentarlo. Narciso, el narcisismo, es una de las manifestaciones naturales de cualquier persona ante la visión de sí mism@ frenta a un espejo.

Un espejo fue la ruina de Blanca Nieves, el cual replica además esa vieja leyenda en la cual los espejos son como televisiones en donde se exhiben otras dimensiones, escenas del pasado o del futuro. Posee tantos símbolos bizarros que van desde lo más simple como la vanidad de sabrosearse ante la propia imagen, como la de ver a través de su reflejo el pensamiento, el alma y el universo que rodea a quien se observa. Han sido oráculos, puertas hacia lo desconocido y un “acompañante coqueto y natural” de las damitas, como en el caso de la diosa mesopotámica Lamatsu, quien gustaba de mirarse en su espejito, cuando no estaba atacando hombres y devorando bebés.

Ahora los espejos no sólo sirven para que alguien ponga carita de pato y se tome una foto con el calzón a media asta, sino también han poblado muchos echaderos, leoneras y hasta casas particulares para propiciar la multiplicación de la imagen de un fornicio o de una situación erótica. Combinamos exhibicionismo, voyeurismo y hasta un entusiasmo potencial al gang bang al forniciar y observar nuestro reflejo.

Follar frente al espejo es como ver a un animal que se devora a alguien, que parece que gusta de ser comido. En especial porque siempre hay uno que quiere estar abajo para estar viendo todo lo que sucede. El espejo nos devuelve de forma cruel todo lo que somos en pelotas y nos expone en el fornicio, uno de los momentos en el cual somos más reales y vulnerables.

Aunque en lo general la gente suele ser púdica y poc@s se jactan de ser valientes para mostrarse desnudos, a través del espejo conoceremos todos los dobleces, colgamientos, estiramientos, sacudimientos y bamboleos que nuestro cuerpo muestre en el acto sexual. Recordemos que existe la posibilidad que la gente mega buena de pie, puede ser una bolsa de canicas en estado de reposo. El sexo frente a un espejo pertenece a unos ojos abiertos.

Follar ante nuestro reflejo nos hace conscientes de nuestra imagen y movimientos, y quizás much@s se quieran poner a régimen después de ver aquella masacre, pero también nos sirve para explorar el cuerpo de nuestra pareja sexual mientras repta encima de nosotros.

Al reflejarnos podremos corregir nuestros meneos sexosos y propiciar de manera más pervertida nuestra fantasía personal, porque vernos durante el acto sexual es la proyección de nuestra propia película pornográfica. Imaginen cuánto material para la paja pueden memoriar. Nada más no se claven en la textura por estar baboseando en la imagen: vean y aplíquense.

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