A más picuda la bota, más pasiva la jota…(vox populi)

jaba jaba

Ser jotera

He sido jotera desde que descubrí que existía un gremio como el de la banda homosexual. Al lesbianismo llegué tarde; mis amigas lesbianas son pocas y la mayoría son como las chicas súper poderosas, como el grupo de Las Juanas en Monterrey, que son encantadoras. Pero con los hombres gays la historia ha sido muy diferente, porque han sido los más certeros y los más entrañables amigos que he tenido en mi vida, y entender la geyshedad y la jotería, nunca fue un problema para mí. Será que, como a ellos les gusta muchísimo una cosa que a mí también me encanta, pues hemos sido felices juntos hablando de penes, de culos, de señores y muchachos, de cómo la tendrán nuestros amigos en común, de sí nos duele o no…

Pese a ellos y pese a mí, nuestras historias nunca han sido de intenseo ni de reyertas. Ni mucho menos andarnos peleando por un pelado, lo cual para mí y para mi banda gay, sería una absoluta ordinariez. Habiendo tanta pinga en el mundo, una no se va a reñir por un lapicillo, porque además los hombres terminan creciéndose al mil por ciento, si se enteran o intuyen que nos parece notable su pene: se les llena(n) la(s) cabeza(s) de gas tóxico y no hay nadie que los baje del techo.

Es difícil ser totalmente jotera en tiempos cuando una mujer necesita una poca de dulzura, porque con ellos siempre encontrarás una razonable crudeza y una franqueza mortífera. Ya sea por lo ridículo que te quedó el maquillaje o por el descoloco que haces cuando lloras por un tipejo, pero siempre contarás con la más puntual, a veces cruel, opinión. Esta misma revelación de su perrez nos dejará en claro de que sí, en efecto, somos unas estúpidas, pero ellos no permitirán que el mundo se entere de ese lamentable asunto.

Pero que no les pase a ellos una desgracia o los deje el inútil, el huevón o el chavillo del que siempre se enamoran, porque ahora sí, Isabel Pantoja, quítate o te atropello manola. Es en ese tipo de momentos en el que los cartones se nivelan y nos acordamos porqué nos gusta la misma mierda envuelta en cualquier tono de rosa. Por llenar el lugar común joteril. En realidad ya a nadie le gusta el rosa…

Mis historias joteras son todas diversas y algunas muy tristes por los queridos amigos fallecidos. Siento que he pasado demasiado tiempo ignorando la parte de mi vida que ellos han construido gracias a su influencia, maléfica la mayoría de las veces, pero siempre constructiva y ejecutoria.

Si mujeres han faltado en mi vida, ellos han suplido esa necesidad de buscarme una madre en cada una de mis amigas, y no por su lado femenino, sino por su continuo exhorto a estar alertas, al alba, de algo que no saben bien ellos, ni yo tampoco. Muchas veces es la puerta del clóset que sigue medio abierta o el portazo que le dio alguien cuando se enteró.

Hasta hace poco entendí las muchas aristas de ese facto incomprensible para nosotros los (dizque) heterosexuales: ¿qué significa salirse del clóset? ¿qué significa no salirse? Sólo imaginen que tienen que anunciarle a sus seres más apreciados y queridos, sobre la forma en cómo ejercerán su sexualidad en lo afectivo, en lo sexual, en su preferencia y orientación y en su vida erótica. Cómo si eso fuera de nuestra incumbencia y como si nosotros los (dizque) heteros, le hubiésemos pedido permiso a alguien sobre cómo y con quién frotar nuestras zonas peludas.

Andar en la jotería como jotera ha implicado estar en otra velocidad de las cosas, y muchas veces, como observadora o como intrusa. Entre ellos funciona mejor eso de que pueden destrozarse, pero nunca podrán hacerse daño, lo cual no aplica para las mujeres, en continua masacre las unas a las otras.

Para quien tenga amigo gay la recomendación de trato posible es: trátelo como le gustaría ser tratado y déjese de mamarruchadas de querer sacarlo del clóset o de querer estar en la onda del amigo comprensivo con la jotería. No hagan el ridículo.

Nos vemos hermanas, en @Ivaginaria en Twitter y en Ivaginaria en Facebook.

 

Bien pasiva: elia.martinez.rodarte@gmail.com