Demasiados cumpleaños en octubre para mí…

Olvidé ser fiel…

El trance empezó hace una semana. Un amigo querido me dice: ¿por qué no escribes sobre la fidelidad? Mira yo, hace más de dos años…”, haciendo alusión a su envidiable estatus de hombre enamorado. Yo le dije que sí, claro. Y qué cómo iba a querer su texto…Bromeamos y punto final.

Toda esta semana de reflexión sobre el tema me ha llevado a la conclusión espantosa, de que ni siquiera tengo arraigada la idea de fidelidad, porque cada vez que intentaba un inicio se me iba el avión. Literalmente. Comenzaba la columna y empezaba  a desvariar, y así pensé en escribir, una nueva pieza que se tratara de cuando los amig@s de tu ex te tiran la onda. O del nuevo fármaco para la interrupción del embarazo mediante la sustancia mifepristona que tiene en debate a las empresas farmacéuticas. Batallaba para aterrizar en la fidelidad. Y lo peor, he hablado hartas veces de la infidelidad, pero nunca de l@s fieles, como si no existieran o fueses juzgados como invisibles en mi mente enferma.

Pero pensé: claro que sé sobre la fidelidad y también sobre la infidelidad. Quienes ya tenemos algún camino por terracería, sabemos que nunca hemos sido lo suficientemente sosiegos como para no procurarnos el manoseo por debajo de la mesa, así como también hemos asumido las interminables horas de la rutina de pareja fija y monógama.

Hemos pasado de los brazos de un@s y de otr@s y de los mism@s en continuo reciclaje como si fuera una cosa endogámica. Nos encanta sabrosearnos a las parejas de los demás y a veces lo controlamos y en ocasiones se convierten en causales de divorcio. Pero también hemos estado en una convivencia de fiarnos de alguien más, en la cosa ésta de fundirse y de convertirse en melazas que se entremezclan.

El amor es el gran constructo y le hemos creado todo tipo de accesorios y aplicaciones para que sea algo más cercano a un evento extraño y grandilocuente que sabemos, nunca sucederá. Luego viene la realidad que todo lo recompone y nivela los cartones, cuando nuestras relaciones se convierten en un planeta amable y feliz. Ahora sí, no sólo te amo, te tolero, aguanto tus temperamentos y hormonas, huelo tus amadas ventosidades y sé en qué momento de la semana tus sobacos empiezan a ser zona de radiactividad. Ahí es donde empieza la fidelidad: en el momento en que sabemos que pese a todo eso que vemos enfrente y nos explota en la cara, nos quedaremos ahí, porque la fidelidad es una cuestión de fe. Y la fe nunca es evidente, porque es un estado de ánimo frágil, que empieza a craquelarse en el primer evidente o aparente desliz. El primer engañado o la primera víctima de un infiel, siempre será un sujeto emponzoñado: tarde o temprano…

Muchas mujeres (obviamente, porque un machín primero se comería sus cojones antes de aceptar algo así) dicen que ellas se hacen ueyes ante la infidelidades de su pareja. Asumen la comodidad de mirar hacia otro lado, por no perder todos los beneficios de la seguridad social, económica y otros tipos de esclavitud. Ningún arreglo entre parejas me ha parecido nunca algo descabellado. Sólo me sorprenden.

Por ello cada persona adapta la fidelidad a su corazón y a su romance, porque siempre existe la certeza renovada de que el amor sea la solución. Que al final de cuentas, amor sea un constructo o no, siempre será un detonante ineludble, hasta que no inventemos otra cosa mejor. Y de preferencia gratuita.

A mí cuando me preguntan si he sido fiel siempre respondo lo mismo: que sí. Sin embargo creo que esa fidelidad nunca ha respondido a un estado de apego enfermo ni a un deber ser. Prefiero la fidelidad en una relación corta y feliz que una cornamenta en una relación estable y rutinaria. Es la única fidelidad posible y la que sostiene las agarraderas de cualquier vínculo. Ser fiel siempre será un oficio de la voluntad, no sólo del amor, del apego o de la costumbre. Es un acto de fe. Yo también creo que es posible…

(Feliz cumpleaños, a un gran mago de la luz, al querido maestro fotógrafo Juan José Cerón).

Fi-delitas: elia.martinez.rodarte@gmail.com

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