Death wish (XVI)

Are made for walking…(Too)

Mi cuerpo deberá ser incinerado con las botas puestas. No me voy a ir a ninguna lumbre sin eas. Esas botas van a caminar conmigo. No quiero que acaben en la basura o en los pies infectos de cualquiera que ose a traspasar su tubo.

Juntas y separadas las botas han gozado mucho. Conocieron varios países y fueron pisadas por personas de diversas nacionalidades. Un día estaban corriendo bajo un voraginoso huracán en la calle Obispo de La Habana, Cuba, y a la otra semana, se estaban secando a la luz playera de Tijuana, mientras yo las miraba en primer plano y al fondo el mar brillando como una duda.

Otro día, las botas giraron y giraron como si estuvieran en una lavadora gigante el día en que nos volcamos. Abandonamos el carro y nos recogió alguien en la carretera. A partir de entonces las botas conocieron la caminata de la vergüenza. Pero por eso su trabajo de ser hermosas. Para hacer que todos los trastabilleos fueran dados con la seguridad de las botas de norponientita que ya ha escuchado muchas balaceras por todas las avenidas que rodean su casa y cree que las botas son escudos.

También aquel día en que una de las botas fue lanzada al suelo, y encima de ella cayó una media. Luego la otra bota fue lanzada, y la otra media. Sobre de ellas toda la ropa. Ahí reposaron durante largo rato, invisibles debajo de los trapos, durmiendo como caballos.

Una vez las botas salieron en una foto. Era lo único que llevaba mi cuerpo. Insistí el dejarme las botas puestas y me acordé que tampoco me las había quitado en muchas ocasiones en que debí haberlo hecho. Por supuesto que me gustaba coger con las botas puestas. Qué obviedad…

He llevado a esas botas a todos los caminos bizarros y ahí han andado las pobres: prevaleciendo a través de los años con su piel agrietada y los talones gastados. Hasta funcionan como metáfora cursi.

Un día se extraviaron en el zócalo del D.F. y anduvieron mucho rato hasta que fueron rescatadas por otras botas. Fue otra noche de una bota cayendo, luego la media, luego la otra bota y la media de nuevo, pero ésta vez las botas fueron el centro del eros. Otro pretexto más para coger con las botas puestas.

Quizás me ponga las botas antes de morir. No quiero que nadie dude.

Quiero que las botas se me fundan a las piernas como otros que treparon por ahí. Que su piel se quede en mis huesos y mis huesos en el polvo y el polvo en la maceta. Al final desapareceré y quedará la ridícula memoria de que fui al fuego llevando un par de botas trasijadas.

(…¡Ajúa!)