Épica del faje

En el faje olemos a la otra persona y se empieza a meter en nuestros dentros el verdadero aroma de la piel. Por eso la orejita y detrás de ella huele tan bien; las axilas son más insolentes de aroma y nos gusta y también nos abrazamos de lo que las feromonas ajenas nos permiten pepenar. Cuando estamos en el afanoso faje, el hipotálamo está como loco enviando señales a todo el cuerpo y a la sangre, para que corra y ponga roja la piel. Así está más sensible pero también echando al aire las sustancias necesarias para que allá abajo se ponga mojadito y vaya creciendo la erección

Ivaginaria

Fajar es amor

Porqué desdeñar al faje si de eso pedíamos nuestra limosna cuando oteábamos un poco de libertad y oscurito en nuestras vidas, en nuestra fase de espermatozoides adolescentosos.

Todos alguna vez hemos estado meándonos de la emoción cuando las luces del cine se apagan o al instante en que vamos a tocar a alguien, en quien no se supone debíamos marranearnos o quizás experimentado ese cambio de respiración en los inicios de los romances, que son la adrenalina de todos los pueblos.

Si nos ponemos serios y formales, el faje es la primera experiencia sexual no coital, pero sí orgásmica de las personas. No me vengan con caritas de inocencia de que no se chorrearon como todos los ríos juntos cuando les pusieron una mano en la genitalia. Si no lo recuerdan, vayan de inmediato por la aspiradora y remuevan de por encima de esas memorias empolvadas, el…

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