una novela por entregas…

Novela por entregas semanales.

Capítulo uno

Amor en la garganta: gag gag gag

El chofer gritó: primera parada a vomitar y a hacer del baño…Pensé que iba a ser mi oportunidad para acercarme a Ernesto, quien durante todo el viaje a la playa tuvo a la novia que no se le despegaba: lo seguía y se movía tras él con la coordinación de un banco de peces: él se sentaba y ella al lado; se paraba y ella allá iba: bebían al mismo tiempo y comían lo mismo.

Hacía un momento, cuando tomábamos en la playa cada quien su caguama, aproveché un descuido de la novia y me acerqué a Ernesto, que estaba sentado en una piedra con la botella entre las piernas, enfriándose los huevos. “¿A qué horas se te despega ésa?”, le pregunté muy cerca de la orejita que se le puso eriza.

Ha mucho que no me ponía loca por ninguno. Todo era coger por coger por coger y qué aburrido estar sin coger, entonces la dinámica se convertía en una cacería continua, o una sucesión de novios con duración de tres a siete meses siempre necesarios para que carguen las bolsas del mandado. Pero en realidad nunca me gustaba nadie tanto como para encenderme los calzones a la primera oteada.

Además este guarrito tenía toda esa facha de insolente que siempre me encantó desde que perdí con aquel gringo con cara de delincuente . Ernesto no era un símbolo del malvado, sólo tenía mirada de cabrón y de muy lucidor. Bueno para un psicólogo y todas sus personalidades. En esos viajecitos, ya pedos, todos quieren lucirse, es lo malo de las convenciones de psicólogos. Ernesto se paró a parlotear frente a la fogata de la playa mientras lo seguíamos con todo y sombra en un largo poema que hablaba de una pasión juvenil de unos morros enamorados diciéndose cuánto estaban de enculados el uno con el otro.

Cuando acabó su lectura yo ya estaba mamándosela en mi mente. En mi cabeza yo tenía su cabeza.

Alfonso, que siempre estaba a mi lado en las pedas esperando a que yo estuviera hasta la madre para manosearme porque era el único estado en el cual lo dejaba tocarme, me regañó: “todo el tiempo mientras leía ese pendejo te estabas sobando los labios con los dedos, te acariciabas…”

Esto ya me iba pareciendo grave, pensé, mientras en mi mente, en un recuadro yo seguía gag gag gag hasta la garganta llena de Ernesto, cómo me gustaba ese cabrón…

Traté de agarrarlo en solitario muchas veces y hasta pensé que el lugar en donde podía habérmelo cogido con tranquilidad, era en el baño que estaba cerca de la alberca de atrás, lejos de la playa.

Esos sanitarios olvidados iban a ser violados cuando me llevara a Ernesto…Antes de la fogata me fui a nadar a esa alberca con Damián. Le dije que guardaba el traje de baño en mi bolsa que qué flojera ir por ella hasta el autobús, pero él corrió ida y vuelta para traérmela. Jadeaba por lo mucho que fumaba, y sudó como si lloviera de su cuerpo. Tomé el pesado bolso, saqué el bikini y me lo puse sin prisas: una piernita arriba, otra de lado, tetas fuera, abróchame por atrás…Me reí mucho cuando le dije eso. Y él, en agitación, me hizo un buen nudo en los tirantes del bikini que rodeaban mi cuello. ¿Quién nos iba a ver? Nunca olvidaré todas sus miradas. Quiso llevarme al baño en algún momento, pero alcancé a huir. Luego sucedió lo de Ernesto.

Antes de abordar el camión rumbo a la ciudad nos tomamos fotos grupales. En una salimos Alfonso, Ernesto y yo. Abrazados los tres. Ahí fue cuando hice mi movimiento maestro de agarrarle una nalga que tensó de inmediato pero que, a medida que la relajaba, su mano bajaba de mi cintura a mis nalgas, que masajeó durante las cinco fotos que le pidió a su novia que tomara. Yo estaba a punto de los ojos en blanco.

En la tanteada de tafanario Ernesto metió la mano a mi pantaloncito de playa y se dio cuenta de que no traía calzones. Entonces él se puso a punto de ojos en blanco. De pronto quise desaparecer a todos con súper poderes o congelarlos o inmovilizarlos mientras yo me arrimaba a Ernesto, que ya me dolían las manos de querer tocarlo.

Me acordé de esos pobres amigos míos casados de toda la vida que sufrían cuando los tocaba una mujer atractiva por casualidad en la tienda o en algún sitio. Sufrían erecciones silenciosas que apaciguaban conversando con sus mujeres. Así me sentía yo después de haber tocado a Ernesto, y peor después que fui bajada a la tierra desde el planeta de mis devaneos por Alfonso, quien desde hacía varios viajes se comportaba como el guarda de mi coño. Y yo ya me estaba haciendo experta en esconderme de él. No podía batearlo. ¿Quién iba a cargar las maletas y las computadoras?

Subimos al autobús cuando ya estaba muy oscura la noche sin luna que ennegrecía el mar. Era como para brindársela a Neptuno mientras yo se la mamaba a Ernesto, hasta llegar a las lágrimas.

La oscuridad lo es todo para quienes van a franelear porque se cancela el placer de los ojos que son los que llevan la primera sangre a la genitalia, pero las manos a oscuras, ansiosas y rápidas, son un clásico del faje. Y te ponen duro como vela el pensamiento porque no ves, y te aferras y pepenas a la piel como si ése fuera el único trabajo de la sangre en nuestro cuerpo. Fusionarnos a la sangre de alguien más.

Ernesto y su novia se sentaron en los asientos de atrás de Alfonso y mío. Yo escogí ventana y Ernesto también. Vi que los ojos de Alfonso se encendieron cuando las luces del autobús fueron apagadas y repegó su pierna peludísima junto a la mía. Lo miré y le regalé una sonrisita: me gustó la acuosidad de sus ojos caninos al observarme. ¿Por qué siempre se enamoraban de mí los libra? Son puro drama…

Empecé a inquietarme porque Alfonso había pasado de presionar la pierna a buscarme el coño con la mano. Primero acarició por encima del short. La tela delgada se puso húmeda. Yo le regalé otra sonrisita, y abrí las piernas un poco más.

Alfonso era uno de esos que podía mantener quietos con sólo sobarme un poco en su regazo, pero quería moverme. En la parte baja de atrás de mi asiento sentí la presión del pie de Ernesto, que buscaba lentamente el camino al meroenmedio de mis nalgas.

Se me fue el aire, como si aquel me hubiera desinflado por el culo.

Mi alegría de poder menear las nalgas encima del pie huesudo de Ernesto me puso caliente y feliz. El short de pierna ancha estaba mojado y se pegaba: la mano de Alfonso reptó por debajo de la tela mientras yo me sentoneaba en los deditos del pie de Ernesto.

“¿Qué tienes pececita?, ¿por qué mueves tanto la colita?” Me dijo Alfonso acercando su boca y sacando la mano rápidamente del shorts, para meterla por en medio, encajando la mano en mi entrepierna desviando el resorte del short que se clavaba en mi ombligo. Alfonso me mareaba con su saliva caguamera, pero no podía más que acompasarme entre el pie de Ernesto, la mano de Alfonso y su boca que me apaciguaba, pese a esa boquita que no asustaba a nadie, unos labios de muñequita que yo sentía que iba a absorber con mi boca aspiradora. (gag gag gag Ernesto…)

Alfonso me besaba y acompasando los movimientos de lengua dentro de mi boca, me daba de beber cerveza, porqué él era como el Vicente Fernández de la jarra: hasta que la gente dejara de comprar el dejaba de beber…Dedo adentro y afuera húmedo que él lamía y volvía a meter, poniéndole jugos a la boca de la cerveza mientras ponía otros tantos en la mía. Ernesto el pie mojado tras el asiento mientras le daba leves sentones.

No sé si fue un orgasmo, o el exceso de cerveza, pero empecé a manar cuando el chofer gritó que en breve nos detendríamos de nuevo para vaciarlas vejigas. Encajé el tafanario en el pie de Ernesto: el mensaje cifrado en el entierre de nalgas era: te bajas a mear y yo te alcanzo…Alfonso apuró la mano en mi pubis, como si fuera un gordo apilando cosas en el plato de un buffet: digitaba mi vulva furioso, como si nunca más se la fuera a dar de nuevo.

Encendieron las luces sorpresivamente. La mano de Alfonso saltó rápido fuera de mi short, como un pez asustado. Ernesto se quedó quieto, la pierna dura y tensa, con el dedo gordo del pie apuntando hacia arriba rozando casi mi culo. La deslizó hacia atrás lento y firme.

Me puse de pie oronda con el shorts pegado a las nalgas como si fueran un regalo mal forrado. Miré a Alfonso lamiéndose un dedo, mientras acababa de apaciguar la erección dura del faje. La novia lapa seguía durmiendo la peda. A su lado reposaba Ernesto mirándome con una sonrisa de diablo, la verga ladeada mirando al mar y una gloriosa mancha en la entrepierna. Y todavía no llegábamos.

5 comentarios en “una novela por entregas…

  1. Reblogueó esto en Ivaginariay comentado:

    Alfonso, que siempre estaba a mi lado en las pedas esperando a que yo estuviera hasta la madre para manosearme porque era el único estado en el cual lo dejaba tocarme, me regañó: “todo el tiempo mientras leía ese pendejo te estabas sobando los labios con los dedos, te acariciabas…”

  2. Hola todos tus artículos me gustan y me hacen reír, me encantaría q dieras alguna platica en el D.F, respecto a tu novela me esta gustando, me todo lo cachondo, así que me encanta lo que escribes, no tengo face así que por mail me entero de lo que haces y felicidades
    Hasta pronto, esperando lo q sigue
    Saludos, buen día
    Saludos

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