pornovelita, segunda entrega (¡lo logramos beetches!)

A: de amor, ay si ay si

Adriana siempre fue muy descuidada con su celular…Esa tarde cuando estábamos en la playa, olvidó su bolso en el autobús que nos trasladaba a los sitios de la convención de psicólogos y saqué su teléfono. No tenía clave de seguridad para abrirlo. Tampoco mensajes. Ni llamadas ni de entrada o de salida y sus mensajes de wassap eran escasos: sólo cotidianeidades con su madre o avisos para varios números sin identificación con clave de la ciudad y de otros sitios a donde Adriana había viajado. Sólo decían: ya voy, ábreme, ya estoy afuera, ya llegué al sitio…. Tenía unas fotos seguramente tomadas en su oficina, con cara de fastidio al lado de sus compañeros de trabajo mientras alguien a quien no se le veía bien la cara, le soplaba las velitas a un pastel.

El teléfono, salvo por el trillado cumpleaños en el laboro, pareciese que nadie lo utilizaba. Los contactos eran nombres raros: clave 20, anestesista, sombras, Almita, Juancho, Sra. Solís, bobonobo… Le agregué mi número marcado con una A. Sabía que habría un momento en el que querría acostarse conmigo de nuevo, porque así era: una loca que le encantaba el miembro: creo que eso era lo que me gustaba más de ella: no tenía llenadera de ninguna forma, y quizás si se enculaba, era de las que se aburría pronto. Siempre estaba caliente y urgida.

Ella y yo teníamos una pequeña historia, de la cual sólo me acordaba yo, o simplemente rellenaba los huecos de la memoria, de lo que Adriana recordaba que hicimos hace dos convenciones, diría que ha unos cuatro años cuando tuvimos nuestro primer encuentro antes de ese camionazo playero en el que hurgué en sus dentros.

Esa noche que me llamó Adriana yo estaba con el buen Juancho, bebiendo y hablando de morras. Siempre he tenido una suerte bárbara para que me inviten las cervezas, y mi amigo no era la excepción: me mantenía la bebida porque, además siempre tenía lana y le daba orgullo picharle las cervezas a su amigo el psicóloco del Conalep.

Adriana y yo no nos veíamos desde hacía más de un año, pero me daba gusto que hubiese encontrado la ocasión y mi número. No escuché el telefonazo y le devolví la llamada en cuanto vi que estaba su nombre en la pantalla. Estaba seguro de que Adriana iba a querer más después de que le metí el dedo en su coñito lleno de arena cuando nos fajábamos en el camión de nuestra convención en la playa… Qué faje le puse. Se aferraba a mi boca con besos de pez boqueando, mientras yo le daba largos tragos a una caguama que compartía con ella. Bebía de mi boca. Su cuerpo ya estaba húmedo, puesto y cogible, pero se pasmaba a veces con las exploraciones de mi mano: ondeaba hacia mí de la cintura para arriba y del culo estaba pegada al asiento, como si se hundiera en un remoloneo con el asiento, con mi mano y con mi boca. Su short me hubiera permitido hacérselo a un lado, y acomodarle la verga entre las nalgas, masajearla.

Adriana estaba en el sopor del alcohol: en posición de animal cazado, en esa postura que se postran las bestias cuando ya van a dejar de luchar. Ella decía que sólo la emborrachaba para violarla, que nuestras cogidas eran violaciones y gandalleces de mi parte, pero ella sabía cuándo iba a soltar amarras y a dejarse ir, para quedarse en custodia de mis manos. Cuando se pone de lado, la cabeza recargada, metiéndose los dedos de mi mano en su boca uno por uno, sé que pronto estará untándose en mi cuerpo buscando que se la meta. Luego caía en el sueño mientras yo manipulaba su cuerpo, como en una coreografía somnofílica en la cual ella se movía como un animal pelágico, lento, generando polvareda tras ella, acomodándose y camuflajeándose con el colchón, húmeda, abriendo las piernas y dándose a que le bebiera el coño.

Adriana era una de las participantes principales a la convención de hace cuatro años. Después de su conferencia en el evento, el primer día, se pasó la mayor parte del tiempo en la alberca absolutamente intoxicada, echada en una tumbona, mientras su mascota, el pendejo ése de Damián, le olisqueaba afanosamente el culo, a ver cuándo se lo compartía. De pronto los alrededores de la alberca se quedaron vacíos, cuando decidieron ir todos por más alcohol. Adriana le gritó a Damián que le trajera cigarros y una bolsa de cacahuates. Me acerqué a la tumbona con una cerveza en la mano, para compartirle. Le dije que si quería un masaje en los pies. Ella levantó la pierna, desde su posición de molusco esparcido en el camastro, y posó su pie en mi bragueta y luego en mi abdomen. De pronto sentí que la erección se me venía como un batallón de hormigas en mi sangre y que ella se estaba dando cuenta.

Bajó la pierna y me dijo: sacasán, porque sé que eres el único que todavía tiene. Se incorporó dela tumbona e inhaló de lo que le puse en la superficie de un libro: se echó dos líneas encima de “Porque parece mentira la verdad nunca se sabe” de Daniel Sada. Adriana agarró el pasado libro y se lo puso en el estómago. Luego volvió a alzar la pierna en dirección a mi cuerpo. Era como una pierna de pavo enorme, jugosa y blanca. Las piernas de Adriana me recordaban la navidad. Puse coca entre los dedos de sus pies y empecé a chupar uno a uno. Su cara brillaba de sudor, su nariz de hoyos blancos también fulguraba un poco y su pie se abría como un abanico. Nunca había fallado mi estrategia de empezar por los pies de una mujer. Algo las rendía a la intención de que alguien quisiera lamerles los deditos: me gusta pasar la lengua por la planta del pie desde el dedo gordo, y darle besos a los montecitos que curvan el empeine, unos besos que parezcan leves ventosas y avancen hasta el talón. Qué raro es besar un talón. Subir hasta el talón de Aquiles.

Adriana es de pies medianos, levemente huesudos, pero con unas uñas pequeñas y blancas en dedos que se mueven como una anémona. Recorrí su pie mordiéndolo y con lamidas suaves, y miré su muslo de pavo bien nutrido: hacia abajo, hacia la bisagra. Nunca usaba calzones.

Juancho, ya levemente intoxicado me dijo: ándale cabrón, contéstale la llamada y acto seguido hizo lo mismo de siempre: ir a mear al árbol.

Marqué.

Al devolverle la llamada, Adriana contestó furiosa:

¿Quién eres? No entiendo cómo llegó tu número a mi celular y ahora que escroleo, fuiste el primero en aparecer…

Soy Alfonso…

¿Cuál Alonso?, ¡Alón!

No Alfonso, Tapia…

Ah…¿Cómo estás licenciado? Qué bueno que te encuentro…Vente a la casa a beber…Llego ahí en 10 minutos.

Y fui.