Mañana ahora sí, pornoveleta: estrenamos capítulo 4

Nota de la que escribe: este es un post largo, así que si quieren leerlo, bienvenid@s, o simplemente tiren al león. Son los primeros tres capítulos dela pornoveleta aún sin nombre, como antesala del nuevo que publicaré mañana viernes.

Esta pornoveleta con tan mala continuidad, no será muy larga, pero tampoco va a ser un cuento largo con pretensionesde novelear.

Espero les guste el ejercicio y comenten. Con cariño. Elia

Post scríptum: lo olvidaba…si he tenido desfases de continuidad también, en especial en las redes sociales, por lo que encima de que no tengo tiempo para lavar mis undies, me puse a refrescar y hacer como página espejo de mi página Ivaginaria en Facebook, mi sitio en tumblr

http://ivaginaria.tumblr.com/

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Capítulo uno

Amor en la garganta: gag gag gag

El chofer gritó: primera parada a vomitar y a hacer del baño…Pensé que iba a ser mi oportunidad para acercarme a Ernesto, quien durante todo el viaje a la playa tuvo a la novia que no se le despegaba: lo seguía y se movía tras él con la coordinación de un banco de peces: él se sentaba y ella al lado; se paraba y ella allá iba: bebían al mismo tiempo y comían lo mismo.

Hacía un momento, cuando tomábamos en la playa cada quien su caguama, aproveché un descuido de la novia y me acerqué a Ernesto, que estaba sentado en una piedra con la botella entre las piernas, enfriándose los huevos. “¿A qué horas se te despega ésa?”, le pregunté muy cerca de la orejita que se le puso eriza.

Ha mucho que no me ponía loca por ninguno. Todo era coger por coger por coger y qué aburrido estar sin coger, entonces la dinámica se convertía en una cacería continua, o una sucesión de novios con duración de tres a siete meses siempre necesarios para que carguen las bolsas del mandado. Pero en realidad nunca me gustaba nadie tanto como para encenderme los calzones a la primera oteada.

Además este guarrito tenía toda esa facha de insolente que siempre me encantó desde que perdí con aquel gringo con cara de delincuente . Ernesto no era un símbolo del malvado, sólo tenía mirada de cabrón y de muy lucidor. Bueno para un psicólogo y todas sus personalidades. En esos viajecitos, ya pedos, todos quieren lucirse, es lo malo de las convenciones de psicólogos. Ernesto se paró a parlotear frente a la fogata de la playa mientras lo seguíamos con todo y sombra en un largo poema que hablaba de una pasión juvenil de unos morros enamorados diciéndose cuánto estaban de enculados el uno con el otro.

Cuando acabó su lectura yo ya estaba mamándosela en mi mente. En mi cabeza yo tenía su cabeza.

Alfonso, que siempre estaba a mi lado en las pedas esperando a que yo estuviera hasta la madre para manosearme porque era el único estado en el cual lo dejaba tocarme, me regañó: “todo el tiempo mientras leía ese pendejo te estabas sobando los labios con los dedos, te acariciabas…”

Esto ya me iba pareciendo grave, pensé, mientras en mi mente, en un recuadro yo seguía gag gag gag hasta la garganta llena de Ernesto, cómo me gustaba ese cabrón…

Traté de agarrarlo en solitario muchas veces y hasta pensé que el lugar en donde podía habérmelo cogido con tranquilidad, era en el baño que estaba cerca de la alberca de atrás, lejos de la playa.

Esos sanitarios olvidados iban a ser violados cuando me llevara a Ernesto…Antes de la fogata me fui a nadar a esa alberca con Damián. Le dije que guardaba el traje de baño en mi bolsa que qué flojera ir por ella hasta el autobús, pero él corrió ida y vuelta para traérmela. Jadeaba por lo mucho que fumaba, y sudó como si lloviera de su cuerpo. Tomé el pesado bolso, saqué el bikini y me lo puse sin prisas: una piernita arriba, otra de lado, tetas fuera, abróchame por atrás…Me reí mucho cuando le dije eso. Y él, en agitación, me hizo un buen nudo en los tirantes del bikini que rodeaban mi cuello. ¿Quién nos iba a ver? Nunca olvidaré todas sus miradas. Quiso llevarme al baño en algún momento, pero alcancé a huir. Luego sucedió lo de Ernesto.

Antes de abordar el camión rumbo a la ciudad nos tomamos fotos grupales. En una salimos Alfonso, Ernesto y yo. Abrazados los tres. Ahí fue cuando hice mi movimiento maestro de agarrarle una nalga que tensó de inmediato pero que, a medida que la relajaba, su mano bajaba de mi cintura a mis nalgas, que masajeó durante las cinco fotos que le pidió a su novia que tomara. Yo estaba a punto de los ojos en blanco.

En la tanteada de tafanario Ernesto metió la mano a mi pantaloncito de playa y se dio cuenta de que no traía calzones. Entonces él se puso a punto de ojos en blanco. De pronto quise desaparecer a todos con súper poderes o congelarlos o inmovilizarlos mientras yo me arrimaba a Ernesto, que ya me dolían las manos de querer tocarlo.

Me acordé de esos pobres amigos míos casados de toda la vida que sufrían cuando los tocaba una mujer atractiva por casualidad en la tienda o en algún sitio. Sufrían erecciones silenciosas que apaciguaban conversando con sus mujeres. Así me sentía yo después de haber tocado a Ernesto, y peor después que fui bajada a la tierra desde el planeta de mis devaneos por Alfonso, quien desde hacía varios viajes se comportaba como el guarda de mi coño. Y yo ya me estaba haciendo experta en esconderme de él. No podía batearlo. ¿Quién iba a cargar las maletas y las computadoras?

Subimos al autobús cuando ya estaba muy oscura la noche sin luna que ennegrecía el mar. Era como para brindársela a Neptuno mientras yo se la mamaba a Ernesto, hasta llegar a las lágrimas.

La oscuridad lo es todo para quienes van a franelear porque se cancela el placer de los ojos que son los que llevan la primera sangre a la genitalia, pero las manos a oscuras, ansiosas y rápidas, son un clásico del faje. Y te ponen duro como vela el pensamiento porque no ves, y te aferras y pepenas a la piel como si ése fuera el único trabajo de la sangre en nuestro cuerpo. Fusionarnos a la sangre de alguien más.

Ernesto y su novia se sentaron en los asientos de atrás de Alfonso y mío. Yo escogí ventana y Ernesto también. Vi que los ojos de Alfonso se encendieron cuando las luces del autobús fueron apagadas y repegó su pierna peludísima junto a la mía. Lo miré y le regalé una sonrisita: me gustó la acuosidad de sus ojos caninos al observarme. ¿Por qué siempre se enamoraban de mí los libra? Son puro drama…

Empecé a inquietarme porque Alfonso había pasado de presionar la pierna a buscarme el coño con la mano. Primero acarició por encima del short. La tela delgada se puso húmeda. Yo le regalé otra sonrisita, y abrí las piernas un poco más.

Alfonso era uno de esos que podía mantener quietos con sólo sobarme un poco en su regazo, pero quería moverme. En la parte baja de atrás de mi asiento sentí la presión del pie de Ernesto, que buscaba lentamente el camino al meroenmedio de mis nalgas.

Se me fue el aire, como si aquel me hubiera desinflado por el culo.

Mi alegría de poder menear las nalgas encima del pie huesudo de Ernesto me puso caliente y feliz. El short de pierna ancha estaba mojado y se pegaba: la mano de Alfonso reptó por debajo de la tela mientras yo me sentoneaba en los deditos del pie de Ernesto.

“¿Qué tienes pececita?, ¿por qué mueves tanto la colita?” Me dijo Alfonso acercando su boca y sacando la mano rápidamente del shorts, para meterla por en medio, encajando la mano en mi entrepierna desviando el resorte del short que se clavaba en mi ombligo. Alfonso me mareaba con su saliva caguamera, pero no podía más que acompasarme entre el pie de Ernesto, la mano de Alfonso y su boca que me apaciguaba, pese a esa boquita que no asustaba a nadie, unos labios de muñequita que yo sentía que iba a absorber con mi boca aspiradora. (gag gag gag Ernesto…)

Alfonso me besaba y acompasando los movimientos de lengua dentro de mi boca, me daba de beber cerveza, porqué él era como el Vicente Fernández de la jarra: hasta que la gente dejara de comprar el dejaba de beber…Dedo adentro y afuera húmedo que él lamía y volvía a meter, poniéndole jugos a la boca de la cerveza mientras ponía otros tantos en la mía. Ernesto el pie mojado tras el asiento mientras le daba leves sentones.

No sé si fue un orgasmo, o el exceso de cerveza, pero empecé a manar cuando el chofer gritó que en breve nos detendríamos de nuevo para vaciarlas vejigas. Encajé el tafanario en el pie de Ernesto: el mensaje cifrado en el entierre de nalgas era: te bajas a mear y yo te alcanzo…Alfonso apuró la mano en mi pubis, como si fuera un gordo apilando cosas en el plato de un buffet: digitaba mi vulva furioso, como si nunca más se la fuera a dar de nuevo.

Encendieron las luces sorpresivamente. La mano de Alfonso saltó rápido fuera de mi short, como un pez asustado. Ernesto se quedó quieto, la pierna dura y tensa, con el dedo gordo del pie apuntando hacia arriba rozando casi mi culo. La deslizó hacia atrás lento y firme.

Me puse de pie oronda con el shorts pegado a las nalgas como si fueran un regalo mal forrado. Miré a Alfonso lamiéndose un dedo, mientras acababa de apaciguar la erección dura del faje. La novia lapa seguía durmiendo la peda. A su lado reposaba Ernesto mirándome con una sonrisa de diablo, la verga ladeada mirando al mar y una gloriosa mancha en la entrepierna. Y todavía no llegábamos.

Capítulo dos

A: de amor, ay si ay si

Adriana siempre fue muy descuidada con su celular…Esa tarde cuando estábamos en la playa, olvidó su bolso en el autobús que nos trasladaba a los sitios de la convención de psicólogos y saqué su teléfono. No tenía clave de seguridad para abrirlo. Tampoco mensajes. Ni llamadas ni de entrada o de salida y sus mensajes de wassap eran escasos: sólo cotidianeidades con su madre o avisos para varios números sin identificación con clave de la ciudad y de otros sitios a donde Adriana había viajado. Sólo decían: ya voy, ábreme, ya estoy afuera, ya llegué al sitio…. Tenía unas fotos seguramente tomadas en su oficina, con cara de fastidio al lado de sus compañeros de trabajo mientras alguien a quien no se le veía bien la cara, le soplaba las velitas a un pastel.

El teléfono, salvo por el trillado cumpleaños en el laboro, pareciese que nadie lo utilizaba. Los contactos eran nombres raros: clave 20, anestesista, sombras, Almita, Juancho, Sra. Solís, bobonobo… Le agregué mi número marcado con una A. Sabía que habría un momento en el que querría acostarse conmigo de nuevo, porque así era: una loca que le encantaba el miembro: creo que eso era lo que me gustaba más de ella: no tenía llenadera de ninguna forma, y quizás si se enculaba, era de las que se aburría pronto. Siempre estaba caliente y urgida.

Ella y yo teníamos una pequeña historia, de la cual sólo me acordaba yo, o simplemente rellenaba los huecos de la memoria, de lo que Adriana recordaba que hicimos hace dos convenciones, diría que ha unos cuatro años cuando tuvimos nuestro primer encuentro antes de ese camionazo playero en el que hurgué en sus dentros.

Esa noche que me llamó Adriana yo estaba con el buen Juancho, bebiendo y hablando de morras. Siempre he tenido una suerte bárbara para que me inviten las cervezas, y mi amigo no era la excepción: me mantenía la bebida porque, además siempre tenía lana y le daba orgullo picharle las cervezas a su amigo el psicóloco del Conalep.

Adriana y yo no nos veíamos desde hacía más de un año, pero me daba gusto que hubiese encontrado la ocasión y mi número. No escuché el telefonazo y le devolví la llamada en cuanto vi que estaba su nombre en la pantalla. Estaba seguro de que Adriana iba a querer más después de que le metí el dedo en su coñito lleno de arena cuando nos fajábamos en el camión de nuestra convención en la playa… Qué faje le puse. Se aferraba a mi boca con besos de pez boqueando, mientras yo le daba largos tragos a una caguama que compartía con ella. Bebía de mi boca. Su cuerpo ya estaba húmedo, puesto y cogible, pero se pasmaba a veces con las exploraciones de mi mano: ondeaba hacia mí de la cintura para arriba y del culo estaba pegada al asiento, como si se hundiera en un remoloneo con el asiento, con mi mano y con mi boca. Su short me hubiera permitido hacérselo a un lado, y acomodarle la verga entre las nalgas, masajearla.

Adriana estaba en el sopor del alcohol: en posición de animal cazado, en esa postura que se postran las bestias cuando ya van a dejar de luchar. Ella decía que sólo la emborrachaba para violarla, que nuestras cogidas eran violaciones y gandalleces de mi parte, pero ella sabía cuándo iba a soltar amarras y a dejarse ir, para quedarse en custodia de mis manos. Cuando se pone de lado, la cabeza recargada, metiéndose los dedos de mi mano en su boca uno por uno, sé que pronto estará untándose en mi cuerpo buscando que se la meta. Luego caía en el sueño mientras yo manipulaba su cuerpo, como en una coreografía somnofílica en la cual ella se movía como un animal pelágico, lento, generando polvareda tras ella, acomodándose y camuflajeándose con el colchón, húmeda, abriendo las piernas y dándose a que le bebiera el coño.

Adriana era una de las participantes principales a la convención de hace cuatro años. Después de su conferencia en el evento, el primer día, se pasó la mayor parte del tiempo en la alberca absolutamente intoxicada, echada en una tumbona, mientras su mascota, el pendejo ése de Damián, le olisqueaba afanosamente el culo, a ver cuándo se lo compartía. De pronto los alrededores de la alberca se quedaron vacíos, cuando decidieron ir todos por más alcohol. Adriana le gritó a Damián que le trajera cigarros y una bolsa de cacahuates. Me acerqué a la tumbona con una cerveza en la mano, para compartirle. Le dije que si quería un masaje en los pies. Ella levantó la pierna, desde su posición de molusco esparcido en el camastro, y posó su pie en mi bragueta y luego en mi abdomen. De pronto sentí que la erección se me venía como un batallón de hormigas en mi sangre y que ella se estaba dando cuenta.

Bajó la pierna y me dijo: sacasán, porque sé que eres el único que todavía tiene. Se incorporó dela tumbona e inhaló de lo que le puse en la superficie de un libro: se echó dos líneas encima de “Porque parece mentira la verdad nunca se sabe” de Daniel Sada. Adriana agarró el pasado libro y se lo puso en el estómago. Luego volvió a alzar la pierna en dirección a mi cuerpo. Era como una pierna de pavo enorme, jugosa y blanca. Las piernas de Adriana me recordaban la navidad. Puse coca entre los dedos de sus pies y empecé a chupar uno a uno. Su cara brillaba de sudor, su nariz de hoyos blancos también fulguraba un poco y su pie se abría como un abanico. Nunca había fallado mi estrategia de empezar por los pies de una mujer. Algo las rendía a la intención de que alguien quisiera lamerles los deditos: me gusta pasar la lengua por la planta del pie desde el dedo gordo, y darle besos a los montecitos que curvan el empeine, unos besos que parezcan leves ventosas y avancen hasta el talón. Qué raro es besar un talón. Subir hasta el talón de Aquiles.

Adriana es de pies medianos, levemente huesudos, pero con unas uñas pequeñas y blancas en dedos que se mueven como una anémona. Recorrí su pie mordiéndolo y con lamidas suaves, y miré su muslo de pavo bien nutrido: hacia abajo, hacia la bisagra. Nunca usaba calzones.

Juancho, ya levemente intoxicado me dijo: ándale cabrón, contéstale la llamada y acto seguido hizo lo mismo de siempre: ir a mear al árbol.

Marqué.

Al devolverle la llamada, Adriana contestó furiosa:

¿Quién eres? No entiendo cómo llegó tu número a mi celular y ahora que escroleo, fuiste el primero en aparecer…

Soy Alfonso…

¿Cuál Alonso?, ¡Alón!

No Alfonso, Tapia…

Ah…¿Cómo estás licenciado? Qué bueno que te encuentro…Vente a la casa a beber…Llego ahí en 10 minutos.

Y fui.

Capítulo tres

Amor: mis ovarios

(el teléfono de casa de Prisci suena dos veces…se apaga el timbre…vuelve a sonar y Prisci contesta).

Prisci, con el aguardentoso acento mañanero: diga…

Del otro lado de la línea, Adriana: estúpeda ¿dónde te has metido? Te he mensajeado toda la noche porque hice mi cagadera.

Prisci (acomodando la almohada en la cama): ¿qué hiciste demonio?

Adriana: ayer salí con Lalo, te acuerdas, el de Veracruz…

Prisci: ah, si el morenazo…El que dijiste que amaste por completo cuando se quitó el bóxer…

Adriana: pues sí. Todo estaba sucediendo como ambos esperábamos. Yo estaba depilada hasta las cejas y sabía que había valido la pena la brasileña.

Prisci: ¡no! ¡Hasta te hiciste la brasileña!, madre, eso quiere decir que le traías muchas ganas al negro, a ver si un día dios me lo pone en mi camino.

Adriana: comadre, atácate, porque no he llegado ni a la parte menos dramática después de la trágica…Nos fuimos Lalo y yo al restaurante cubano, y nos la pasamos en el repegue…Llegamos directo a una mesa, dejamos nuestras cosas, y de ahí a la pista con mi negro. Tras un par de canciones ocupamos la mesa. Nuestros celulares parecían radiactivos, estaban encendidos. Lalo tenía 10 mensajes de la loca de su ex…Yo tenía 3 de mi trabajo, pero eran sólo cambios de citas de pacientes.

Prisci: ¿la ex cineasta, la ex activista o la ex documentalista ecológica?

Adriana: no güey, no ésas locas, sino la morra aquella que publicó todo su primer truene con el negro en Facebook…

Prisci: ¡Ya sé cuál!

Adriana: no habíamos pasado ni una hora de manosearnos en el baile, cuando se aparece la loca en el antro cubano, con una furia de perra demencial…El negro estaba estupefacto…

Prsici: ¡no!, güey, ojalá hubiera estado. Y luego…

Adriana: se le fue encima al negro gritando y meneando la cabeza como si quisiera deshacerse de una peluca. Yo fui a la mesa, me eché lo que quedaba del trago, mío y del negro, y me salí del antro. Ella me miró con una cara de “al rato sigues tú cabrona”, por ello opté por huir, mientras ella le sorrajaba al negro que ¿desde cuándo salía con esa puta?, ¿cómo te coge esa perra?, así de incómodo…

Prisci: típico…

Adriana: Los meseros entraron al quite y el conjunto trató de seguir el ritmo, pero yo ya estaba saliendo. Estuvimos juntos una hora. Nomás me dio a otear su erección en la salsa que nos sobamos.

Prisci: pues te libraste por esa noche…

Adriana: ay espérate. Me salgo rumbo al carro y pienso, si apenas son las 10 y media de la noche. Y abro la lista de contactos del celular para ver con quién seguirla…

Prisci: ¡Híjole! La bomba en la mano, el celular cuando una está caliente. Lo hubieras puesto en vibrador y le haces menos daños a la nación.

Adriana: veo un número y contacto que no sabía de quién era…Marco, y ¿quién crees que era?: Alfonso, el de las convenciones de psicólogos.

Prisci: ahora sí que te desbarrancaste, con Alonso, ¿Alón?, ¡ay qué sabroso!

Adriana: que no, Alfonso, Alfonso Tapia…

Prisici: ah ya…

Adriana: ¿eso es todo lo que vas a decirme? Es el tipo del doble faje…

Prisci: ése nunca me ha dado buena espina. Es gay, algún día lo comprobaré: se me hace que es de esos que debe tener un amigo al que idealiza y al que en el fondo se lo quiere coger. Ponle la peli de 300 y vas a ver que con dos tequilas se le vira la canoa…

Adriana: cállate estúpeda…llegó casi detrás de mí, parecía que se había conectado al culo un teletransportador. Lo encontré estacionándose frente a casa mientras yo abría la cochera.

Prisci: ¡ya iba por completo erecto el tipo!

Adriana: yo tenía dos botellas de vino, él llegó con otra, más o menos buena…

Prisci: sabía que no les durarían. ¿Y cogieron?

Adriana: nos echamos los tres tintos, me dio un masaje en los pies que me provocó quedarme dormida; y luego él se marraneó en mí como si fuese una muñeca inflable.

Prisci (carcajeándose): ¡es cierto! es el tipo que te agarra como la almohadita del perro, igual que Byron, que se cogía a los cojines de la sala.

Alejandra: sólo eso me pasa con él…Ya cuando me pongo de ladito es que sólo quiero que deje de estar manoseándome, como si fuera catearme las cavidades…

Prsici: eres un bulto…

Alejandra: en la mañana cuando se fue me dijo que me amaba. Pero creo que le gustó más en bulto, porque me lo dijo cuándo me estaba haciendo la dormida, para no tener que pararme a hacerle café.

Prisci: Amor…ahora todo mundo se apendeja más severo cuando cree que es amor. Y no te levantaste con éste, pero que no haya sido el ogro horrible aquel porque te paras a hacerle, de nuevo, sus huevos…

Alejandra: eso es todo mana…Ya me voy a la regadera a borrarme sus rastros. Nada más qué decir. No me duele el culo lo cual está bien…

Prisci: al menos.

(Ambas cuelgan el teléfono)