El arte de la perra…

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El club de la pelea

Todos sabemos pelear. A un@s les gusta más y a otr@s menos, pero aún la persona más equilibrada tiene su propia lumbre.

Las consejerías de parejas trabajan mucho en las recomendaciones para evitar las peleas, pero nadie advierte sobre cómo salir de la bronca cuando ya estamos, perdón querido público, enreatados en la riña.

Además de que todos somos rijosos, existe gente que ama pelear, y como drama llama a drama, y ocasionalmente a tragedia, nos enfrascamos en debates y discusiones de pareja tan idiotas, que hasta luego nos da pena reconocer que la calabaceamos. En el mejor y más maduro de los casos. La gente necia insiste en ser dueña de la razón hasta cuando están dormidos, que es cuando se supone hacen menos daños a la humanidad.

El libro milenario que tanto cito, “El arte dela guerra”, se trata de una sola premisa: evitar la guerra. Este sufrido volumen fue escrito tras miles de historias de idiotez humana en las que se mataron a miles de personas. Esta columna se trata de eso. De detenernos en la riña antes de sigamos esparciendo el mal.

Cuando peleamos, el primer dislate en el que incurrimos es: no callar. El silencio es armonía. Pero hay personas que no cierran el pico y no se dignan a detener la avanzada de la cajeta.

Decimos, imprecamos, debatimos el sinsentido y no paramos, como si dependiésemos de ese torrente de inmundicia para componer lo descompuesto.

De la verborrea azotante y azotada, en la cual el pleito de pareja se convierte en una gritadera de sordos, el asunto se va poniendo más personal. En la medida que conozcamos más al otr@, contamos con más elementos para romperle la madre. Por eso las peleas de quienes han estado juntos mucho tiempo, son densas como laberintos: llegan a un punto en que el objetivo inicial de la bronca se olvida, porque nos detenemos en buscar la parte blandita del contendiente, para meterle el punzón. Si no es que una mentada de madre, que ronda lo peligroso.

Muchas de estas broncas en pareja, sin contención y con mucha ira, pueden sacar a pasear a los perros de la violencia, y es ahí en donde la estadística florece y las morras tranqueadas y los señores agredidos, se convierten en un número entre los violentad@s del país. Y mucho me temo, que también se convertirán en la historia preferida de las reuniones familiares y los cuentos entre vecin@s. La violencia es muy ostentosa y paleta.

La fórmula de las peleas en pareja siempre radicará en uno que se desata de la boca y en otr@ que tampoco quiere mantener las fauces quietas. Pasados los trances del dolor, que son las escenas más patéticas de la vida en pareja, es necesario parar en algún momento: en uno que sea prudente y propicio para que haya sexo post enojo.

E insisto en que se detengan en un momento en que todavía puede haber fornicio de contentación, porque de lo contrario acabarán en la alberca de lodo. Que la lucha sea en pos de la paz, porque el mejor sexo, o de los memorables, es el que se ejecuta cuando un@ sigue bien caliente tras la ira. Se pompea con furia, es cachondo y mordisqueador, se produce oxcitocina y otras sustancias felices que le bajan al gruñido, y los únicos gritos que se escuchan son los de la arremetida.

Una pelea nunca se acaba si el rencor no se deja a un lado. Qué fácil que yo ande con el hociconié de que “perdonen a su amorcito, ay no sean así”, pero si anidan encono en sus dentros será como vivir con la genitalia podrida y el corazón amargado. Si no van a perdonar, prepárense para la pudrición. Aprender a pedir perdón es como el sexo anal: siempre duele al principio pero a todo se acostumbra un@.

Así que si tenemos que simplificar la fórmula sería: nace la pelea, no le busquen pero tampoco encuentren, y sean ustedes los primeros en llevar el desmadrito hacia el terreno de la razón. Hacerse los sentidos tampoco cuenta y está pasado de moda, además de ser un estado hipócrita. Viva la paz y cojan para contentarse.

Olvido: elia.martinez.rodarte@gmail.com