Dame mis cosas y ten tus chingaderas

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Obra en marcador y pizarrón blanco, circa 2014. Fragmento.

Las reliquias de los ex

En la última mudanza de una amiga, encontramos en una de las cajas, un mechón de pelo que ella asquerosamente guardaba en una bolsa de tela. Era la coleta de su novio músico con el que anduvo en tiempos bíblicos. Le dije que tirara esa mierda a la basura. En una era en la cual podemos repasar nuestra vida amorosa y sexual en internet y las redes, es ridículo que alguien ande por la vida guardando caspa añejada.

Al menos sólo ella y yo presenciamos ese descubrimiento arqueológico, porque no le hubiera caído nada bien a su esposo.

La misma regla (tira eso a la basura) debe aplicar para todos y cada uno de aquellos tesoros del ayer que guardamos a veces sin sentido: cuántas mugres que nos regalaron algun@s ex en otrora, andan rondando por la casa como fantasmas huérfanos, en abandono y desvanecidos como la misma persona que nos los regaló o dejó olvidados en nuestra casa.

Esas cosas que nos dejaron novi@s idos, parejas gastadas, personajes de ocasión etílica, espos@s olvidad@s y cualquier entidad romántica, erótica y sexual. Los objetos también cuentan historias y conforman el récord de las personas que nos hemos llevado a terreno, y son la evidencia de que en el fondo también, somos unos pachoner@s que nos aferramos a guardar cualquier mugre en el nombre de un recuerdo, sí es que atinamos a guardar esa memoria….

Alguna vez encontré un suéter de alguien guardado entre mis ropas de invierno. Cinco años después lo volví a ver y lo guardé de nuevo. Tras diez años de cárcel en un contenedor, fue a parar al cúmulo de cosas que junté para donar. No recuerdo de quién era, y a mí no me gusta quedarme con ropa ajena, y si el misterio prevalecerá gracias a ese asesinato de mi mala memoria, querrá decir que ese hombre, nunca fue para mí.

Esos rituales de la nostalgia, en los cuales alguien se pone a besuquear fotos de los (locos) noventas y a agarrar alergias abrazando peluches empolvados, tarde o temprano terminarán en largas sesiones de explicaciones a nuestras parejas actuales o las que sigan, cuando nos pregunten con una mirada extrañada ¿por qué guardas esa porquería?

Sin duda tod@s tenemos derecho a ser melancólicos: a llorar un poco con las fotos que acumulamos en álbumes y cajas, o en cedes y en la computadora. También a usar la ropa de nuestr@s amores del pasado, en especial aquellas personas con ciertas descolocaciones en su psique que creen que usando la camiseta favorita del ex, volverá a sentir su abrazo (y el antiguo hedor sudado de la axila). Igualmente a veces es necesario ver cartas, tarjetas, libros, dedicatorias y demás material incendiable.

Pero sin duda siempre será algo riesgoso que a la mano esté esa añeja imagen tuya besuqueándote con alguien o los regalos de otr@ del más allá…

Esta sugerencia de mantener a los muertos bien enterrados en el fondo de un clóset o en una caja fuerte que aventemos a un río, es necesaria porque tú tampoco quieres encontrarte la tanga usada de una exnovia de tu marido entre sus pertenencias. Mucho menos que anden por los cajones de tus muebles las fotos de los exnovios de tu mujercita linda o cuando se fue a ese viaje de estudios con aquella banda…

No se trata de esconderle nada a tu pareja, ni de que anules esa vida romántica del ayer que te tiene tan content@ después de todo, sino una forma de administrar los recuerdos sabiamente, sin que alguien te caiga de sorpresa y te haga la pregunta ancestral: ¿quién es esa vieja de la foto?, o ¿quién es ése güey?

¿Y de quién era la hielera?: elia.martinez.rodarte@gmail.com

Ivaginaria de mayo de 2013.

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