Once mil ojos cíclopes del amor con su lagrimita awww

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Sólo 311 habitantes en Vergas, Coahuila.

¡Once mil!

Si no has leído “Las once mil vergas” atribuida a Guillaume Apollinaire, te has perdido de una de las obras erótico-sexosas más celebradas de todos los tiempos, un clásico sin duda con el cual se siente el peso enorme de su nombre.

La historia de esta obra literaria en sí, ya es otra narración que merece su novela aparte. Apareció en 1907 en Francia como una pieza anónima. Siendo el buen Guillaume tan liberal y un autor emblemático del surrealismo (Las tetas de Tiresias, una de sus obras surrealistas), me parece un poco ñoño que haya ocultado su autoría. Y no fue hasta años después, en 1924, cuando saltó el peine y todos sus amigos de la bohemia (o sea todos los borrachos habituales con los que se juntaba) aseguraron que en efecto, Apollinaire había sido el creador de una de las piezas literarias más fuertes y hasta pornográficas, después de la obra del Marqués de Sade. Que como sabemos, era todo un loquillo.

La novela esencialmente es un retrato del escenario francés de la bella época, en el cual se suceden hechos bastante pornoexplícitos y a la vez cómicos, porque nos encontramos con personajes que no sólo son cachondos y dispuestos, sino que están cómodos con la idea de penetrar y ser penetrados por todos los orificios naturales del cuerpo.

Gozan del sadomasoquismo en extremo, hay zoofilia, necrofilia, pedofilia, incesto, coprofilia y todas las perversiones que salgan en este momento a la mesa de discusión, porque si algo le encantaba a Apollinaire, era describir con abundosidad los detalles morbosos de la vida sexosa de sus personajes, muchos de los cuales estaban inspirados en sus amig@s y conocid@s. Que dicho sea de paso, algunos eran bastante ñoños, azotados o machistas, como el caso de Pablo Picasso, el pintor, quien era un genio pero también una desgracia para cualquier mujer que se enamorara de él.

Al inicio de la novela y hasta el final, el fornicio se encuentra como personaje principal, en un texto que es bastante divertido. Porque lo que quería Apollinaire, era mostrar la mochez de una sociedad que se ahoga en la doble moral y las buenas costumbres, mientras por otro lado se agacha y levanta las enaguas culo al aire para ver quién le hace el favor. Lo mismo que pasa hoy en día, pero sin enaguas.

Pese a que la pornografía actual es explícita y nadie se anda tapando agujeros ni explosiones seminales, me gusta más un material como el de Apollinaire, que contiene relaciones sexuales estrambóticas y hasta dolorosas, pero sin la falsedad de lo que vemos en la cotidianeidad de las producciones para la paja.

Incluso el mismo lenguaje y palabras de los folladores en la novela, son las correctas y nunca vulgares: porque cuando las palabras se dicen para lo que son, no serán incorrectas.

Además Apollinaire no se anda con chiquitas a la hora de describir penes, culos, vaginas y vulvas, senos, lunares, torsos, pies, brazos, manos, tersuras y aromas, en las diferentes combinaciones y permutaciones de hombres y mujeres. Y otras especies de la madre tierra.

Sin embargo, en los momentos en que no están ejerciendo perversiones inimaginbles, los personajes se entretienen en labores más bien fresas, cómo esta: “Las dos pícaras, Toné y Zulmé…rieron un buen rato, luego sofocadas y arreboladas, continuaron sus caricias besándose y lamiéndose, ante el corrido y estupefacto príncipe. Sus culos se alzaban cadenciosamente, sus pelos se mezclaban, sus dientes se golpeaban unos con los otros, los satenes de sus pechos firmes y palpitantes se restregaban mutuamente…” y así hasta la náusea o la eyaculación, lo que sucediera primero.

Que nadie se engañe si en el libro aparecen toda clase de príncipes y sometidas, a quienes casualmente les encanta que las follen todos los días en horario de oficina y hasta en días de guardar. Apollinaire nos revela cómo la gente en cualquier estadio de su existencia querrá follar y ser forniciado, porque el escritor retrata las ganas enloquecidas que de pronto prenden a cualquier ser humano. En el caso de su novela, son humanos sumamente calientes.

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Obscena: elia.martinez.rodarte@gmail.com

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Caligrama de Apollinaire