No se trata sobre sexo 1

 

El uso de las maldiciones

Las malas palabras de nuestro amado lenguaje sin duda son de las más hermosas. Pero tienen una gracia o un poder específicos en circunstancias diferentes, lo que las convierte en sujetas de interpretaciones y asegunes.

El filósofo italiano Luigi Pareyson en el planteamiento de la teoría de la formatividad, expresa respecto a la creación artística: para llegar a la forma formata (ejemplo, un insulto como “eres un ojete”) se implica un forma formans: ergo seleccionamos entre todas las formas de insultar y ser contundentes, de acuerdo a nuestra experiencia y lenguaje, entonces las posibilidades del significado de “eres un ojete” pueden variar de intencionalidad, pero la palabra es la que guía en su proceso de encontrar nuevas formas de tambalear el buen nombre del insultad@ de un solo modo, que sea definitorio y que ejecute su buena obra de insultar. En este caso se busca la efectividad y filo de la maldición, y en la creación artística se persigue un sometimiento a la voluntad de la obra y tras ello se crea…

Además las maldiciones se encuentran en nuestra dialéctica personal íntima y crean un lugar común para cada circunstancia: Me pego en el dedito: “cárgame la verga”. No me importa: “me vale verga”. Puedes irte con tu opinión. “Vete a la verga”.

He olvidado para siempre el “chinga tu madre”, “hij@ de puta”, “hecho madre” porque esas palabras estás metaemputecidas. Que se pare el afán de denostar a la puta y a la madre. (Ya me acordé: también adiós a “puta madre”).

Las maldiciones tampoco suenan de forma favorable en todas las personas. La intencionalidad errada, lo forzado de su calce a una oración, puede sonar irritante.

Por ejemplo esta nota de El Universal de sus columnas de la columna Kiosco, con aportaciones de sus corresponsales en los estados:

“Ley “mordaza” a El Bronco

Con dedicatoria al gobernador Jaime Rodríguez Calderón, el Congreso de Nuevo León aprobó una reforma a la Ley para la Promoción de Valores y Cultura de la Legalidad que busca promover el correcto uso del lenguaje por parte de los servidores públicos. Si bien no se contemplan multas, la sanción consiste en un apercibimiento para “corregir”, mediante la exhibición pública, a los funcionarios “mal hablados”.

Nos dicen que Eugenio Montiel Amoroso, diputado del PRI, presentó la propuesta después de que ante alumnos, padres de familia y maestros de la primaria Matías Garza Garza del municipio de Juárez, El Bronco soltó una retahíla de joyas de su florido lenguaje, donde pidió a los niños “no se apendejen”, y llamó “cabrón” a su secretario de Obras, Jesús Humberto Torres Padilla.

Al hablar sobre la propuesta, el gobernador dijo que era más grosería que los diputados no se pusieran a trabajar en cosas importantes como terminar con el rezago que heredaron de la anterior legislatura, y anticipó que no vetaría la reforma, como ha ocurrido en otros casos, y ésta la publicaría “hecho madre”.”

El gobernador Jaime Rodríguez Calderón utiliza el viejo truco de empoderarse gracias a las palabras maledicentes para sonar enorme tras el eco que emiten. Es una sensación normal y humana que experimentamos todos.

Como el niño que gusta de decir “caca” en voz alta en el salón o como el primero “pendejo” o “puta” que salta en una discusión de pareja. La idea es cimbrar. La desproporción está en los legisladores que se aplican en nimiedades en vez de atender lo urgente.

El lenguaje del gobernador es lo de menos, ya que no conecta con los hechos ni las realidades ni con los programas ni con la gente. Hablar sin hacer, como dirían en mi rancho coahuilense, es hociconear.

La maldición, el verbo maldecir en sí, es en la tradición hebrea, una palabra emocionante y llena de significados y aplicaciones, que involucran a todo mundo en el Antiguo Testamento, por ejemplo.

Pero en una de las formas del maldecir y maldición en hebreo, también quiere decir “aligerar la carga”. La maldición siempre será libertadora.