It girls de oro

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Setentas: ¿cuarentas?

Estaba yo esta mañana en la nebulosa del despertar, cuando me acordé de un documental sobre Iris Apfel, una mujer de alrededor 700 años de edad, una fashionista matusalénica que es toda una it girl, quizás una figura icónica en lo que respecta romper con los paradigmas mamilas de la edad: esos que condenan a las personas mayores al caldito y al reposo. Que muchos ni quieren ni necesitan: yo misma tengo una tiyita mayor, que soy su consentida, y probablemente esa santa mujer me entierre.

Pero en la nebulosa estaba cuando pensé: ¿no fue en aquella fiesta que aquella señora “mayor” se aventó a tres de los morros que estaban en la reunión? O ¿no fue aquella cocinera de largos recorridos por terracerías revolucionarias la que me quería bajar a mi novio-rabino? O ¿fue aquella mujer “entrada en años” la que bailó con todos y nos manoseó el ganado cuando pudo? Nada más andaba desarreglando shorts a todes por igual. Y para rematar con polka: ¿en qué lectura fue la que una de las anfitrionas “maduras” nos dio un beso en la boca a cada uno de los 15 presentes en la mesa etílica y redonda?

Quizás por mi ligera tendencia a observar a las mujeres de edades entre 60 en adelante, y a gustarme muchas de ellas como Helen Mirren, Diana Vreeland, Carmen DellOrefice, Sophia Loren, la misma Apfel, Doris Lessing, entre muchas otras, he podido replantear una belleza que quizás todas debamos de observar. Es la misma contemplación con la que se mira a una planta en cada uno de sus milagrosos procesos.

Me sorprende sobre la placidez que puede generar su hermosura e inteligencia o ingenio, o quizás su resignación y vienedevueltadetodo, porque no creo que a ninguna de ellas les haya sido terso algún camino. La belleza física en algunos de los casos facilita los tramos, pero también los emponzoña.

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No quiero sonar indulgente ni que le ando otorgando permisos a nadie, pero no saben cómo me encanta la idea de que las abuelas anden coge y coge. Por supuesto que hay abuelas cuarentonas, pero ésas no me preocupan tanto.

Me inquietan las que están instaladas en el prejuicio de la edad y de que como “ya están grandes” no pueden forniciar. ¿No han visto a esos lepillos oliéndoles el tafanario y ustedes ni se dan cuenta? No es una invitación a que levanten a todos, pero sí es un exhorto a que aprovechen sus opciones,  porque sólo el cuerpo muerto no fornicia. (Para eso está la banda necrofílica, ya saben cómo son…wácala)

Los hombres no son recatados respecto a su edad y al sexo. Como sea pero le van a entrar, con lo que tengan, porque para eso son machos aún y no se les pare. Sin embargo las mujeres cierran la tienda bien temprano, a una edad en la que todavía poseen vigores sexuales que le arrancarían la pinga a cualquiera.

Ahora, no todo se trata de coger, gentiles damitas. La señora mayor, sea cual sea su estatus civil, tiene derecho a gozar de su cuerpo, bailando, acariciando a alguien, franeleándose con quien le guste, aventurándose a sus affairs con quien le dé la gana, y si quiere llevarse a alguien a golpear la cabecera de la cama, allá ella. Déjenla gozar.

A fe mía, muchas de estas mujeres, aunque se encuentren estacionadas en edades maduras en las que gozan de plena salud física y mental, prefieren estar solas porque ya lidiaron con un bato y mucha banda durante más tiempo del que hubiesen esperado. No resuelve el amor, el romance, el sexo y el faje, pero sí ayuda a seguir produciendo las sustancias felices de nuestro cuerpo. Mismas que algunas mujeres, con el tiempo, aprenden a generar con otros estimulantes. Por eso al final a todas nos dicen brujas. Y sí…