Juanga: nuestra viudez nacional…

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La muerte del cabro mayor

En una de las paredes del vestíbulo del Noa Noa que se quemó hace años en Ciudad Juárez, se presumía un gigante retrato de un Juan Gabriel jovencísimo, lleno de vida, con unos labios sanguíneos y abiertos como si de ellos le hubieran arrancado un secreto. Esa es mi historia recurrente sobre el Noa Noa que tanto me emocionó conocer. Amé el Noa Noa por ser juarense y porque era un sitio en el que su sino era la desgracia, por donde se le viera.

Esa imagen es la de Juanga fijada en mi cabeza para siempre: el muchachito hermoso con boca mamadora que creó el imaginario de letras más importantes y fundamentales desde José Alfredo Jiménez, quien nos conocía desde los cuatro flancos y nos plasmaba.

Juan Gabriel se encuentra en nuestra sangre, es parte de nuestro sistema operativo nacional que funciona con palabras y frases del divo de Juárez. Ninguna canción que escribió y cantó será escuchada sin cimbrarnos, de ahora en adelante.

Este país sobrevive a su muerte, más jodido y perreado que nunca, pero que al final de cuentas posee el consuelo de lo que él nos ha dicho durante años. Las letras de Juanga seguirán su buena obra de acompañamiento a los momentos ríspidos y tersos.

Por eso nos parece increíble la muerte de un todavía vigoroso Juan Gabriel, de 66 años, uno de nuestros tesoros nacionales y a quien asumimos eterno, como se piensa que son las personas que nos hacen felices. Juan Gabriel fue un digno cabro y sobre todo cuidó hasta la muerte su privacidad e intimidad, contra el continuo asedio sobre la vida de sus genitales.

Ahora en el aturdimiento nacional, con su ausencia corporal, entendemos perfecto lo obvio: Juan Gabriel fue un acompañante emocional y junto con los sentimientos que nos provocaba, supo comprender, como José Alfredo lo hizo en algún momento, la dolorida esencia nacional de alma sufriente. Nada más porque nos encanta el drama y porque él sabía hasta dónde hurgar en la herida, dejada abierta a propósito.

Juan Gabriel, con finura y discreción, sea como haya sido, se ha consolidado como un ícono de la comunidad gay en este país, en el que hizo lo que le dio la gana siendo un evidente gay fuera de clóset, fuese en los tiempos mamilas en los que no existía el gay público y visible, así como en estos de “lo que se ve no se pregunta”, respuesta sagaz como un hacha en la yugular a ese pobre tonto, que preguntó lo obvio a nuestro Juanga.

Hace más de 100 años, cuando murió el escritor ruso Leon Tolstoi, sus compatriotas en miles, se fueron a hacerle guardia a las calles mientras su cuerpo iba rumbo al cementerio. Lo amaban porque era un hombre talentoso y humanitario, porque era uno de ell@s. En sus novelas, en su actividad como columnista y activista, Tolstoi fue congruente a su amor por la gente y a darse en el talento que le había tocado compartirnos: la gente salió a acompañar al cuerpo y la memoria de quien les hizo feliz.

Así es para nosotros ahora este momento de pérdida de nuestro Juanga. Sólo pienso en que el viernes pasado le escuchábamos, en una entrañable reunión, bien rociados de vino y de canciones llorosas; en que mi mamá seguramente ha de estar llorando, como todas las madres, las abuelas, las mujeres y los hombres y que no hablaremos más de Juan Gabriel y su muerte porque todavía tenemos ganas de bailar el himno de Juárez brincando junto a una rocola, bien intoxicados.

Vamos a despedir a Juanga. Hagamos los honores a quien nos quitó lo triste o nos hundió más en la miseria, sólo por darnos ese gusto sobón de la cursilería cuando nos encanta atacarnos. Y creo que la comunidad gay de este país debe honrar su memoria de santa y reina mayor, porque si alguien tuvo cojones en este país machista, homófobo y sexista, fue nuestro Juanga.

Nos abrazo a todes en este momento triste. Nos abandona otro hacedor de nuestra memoria nacional.

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Mucha tristeza: elia.martinez.rodarte@gmail.com

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