Cachondeo con peluche

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Frota a tu osito

La gente peluda posee su encanto. Incluso las mujeres peludas o que no se depilan porque les da hueva, son magnetos para la sensualidad.
No me parece correcto usar pieles ni pelos de ningún animal, aunque nos las haya regalado el animal que más nos quiere, pero la pelusa es atrayente y suavecita. Incluso existen hombres que capitalizan su pelambre para atraer a las hembras que gustan señores-estropajo, como un amigo que tengo que ama sobar sus vellos del pecho en los pezones de las mujeres.
Pero una cosa es cogerse a una entidad peluda y otra cosa es cogerse a alguien con forma peluda, como a quien porta un disfraz de oso, perro, gato o cualquier animal, pero “humanizado”, antropomorfo, es decir, que nos recuerda la forma humana.
En las parafilias humanas encontramos a la verdadera persona. Pero en este caso podemos encontrar a la persona misma adentro del disfraz. La gente de la comunidad furry (peludo) o furry fandom, como se llama a esa tribu, es un grupo de personas que se viste y “disfraza’ por placer, no necesariamente sexual. Me recuerda a los osos gays, pero sin disfraz. Al final es amor a los pelos también.
La comunidad furry a veces se ofende un poco, porque creen que algunes los miran como un hato de botargas calenturientas, pero tienen razón en enfadarse porque el movimiento furry, peluche o peludo es un estilo de vida, no siempre una parafilia, es decir, no funciona de forma permanente como cacería sexual o intercambio de fluidos.
Ellos mismos se asumen como una subcultura o tribu urbana que oculta su identidad real en un traje o botarga, con la cual interpretan una identidad alterna, antropomorfa y juguetona en ocasiones, a través de la cual se rolan con sus semejantes furrys, furris, fandom, furdom, furs…o como se llamen según su forma de definirse. Poseen diferentes denominaciones, personajes, trajes e incluso muchos de ellos en su cotidianeidad, utilizan una másara como una manera de afianzar su ser furry.
¿Cómo inició una cultura cachonda furry entonces? Asumir una identidad, visible y teatral como en este caso, podría otorgar una situación cómoda e idónea para que alguien se exprese libremente en su sexualidad. La gente se prende con las actitudes y accesorios menos esperados, nunca acabaríamos de nombrarlos. Imaginen las posibilidades sexuales al caracterizarnos o llevar un disfraz o cuando en vez de gemir, los furrys emiten un mugido o rugido…que aunque hemos escuchado expresiones similares en gente sin disfraces, la dimensión de la vivencia erótica es diferente.

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En Halloween, por ejemplo, no queremos que nuestr@s compañer@s sexuales se quiten el traje para nosotres cachondearnos con Darth Vader, el payaso de It, Las caza fantasmas, Drácula, la enfermera del amor y cualquier atuendo que se les ocurra. Cachondearse con el disfraz es una parafilia y recordemos que mientras nuestra filia sea un ejercicio sexual consensuado, responsable, respetuoso y no violento, estaremos bien.
Sin embargo la paraflia o cachondeo sexual de los peluchones, surge asimismo de la misma comunidad furri. Cada año hay convenciones, como las de cómics, a las cuales asisten peludos furrys caracterizados y disfrazados de animales parlantes, con actitudes graciosas, con una personalidad diferente incluso, a la de la persona que son en su cotidianeidad.
¿Cómo fornicia un furry con otro furry? Pues con mucho cuidado, para no arruinarse el traje. Con tiento, para lograr cachondearse. Y supongo que con una caja de pañuelos desechables para limpiar el traje por dentro, que espero manden a lavar. Nomás de pensar en lo que huele un disfraz de ésos por dentro, recreo en mi mente la atascadencia de la era victoriana o de otros tiempos menos higiénicos, cuando el cuerpo humano era sonoramente hediondo.
Estas “fursonas” no viven dentro de una subcultura como unos tontos amateurs, ya que la mayoria cuida su traje, lo manda lavar e invierte en su personaje, como un en esas tiendas para criaturas a donde una va, compra el peluche, lo rellena de borra y luego gasta miles en vestir a esa cosa peluchona.
Frederick Walter Patten , un reconocido creador de cómics y experto en el tema de cultura cómic, ánime, furry, manga y todas las manifestaciones de la gran cultura de la ciencia ficcion, entre otros adornos que ostenta este escritor angelino, es el padre del peluchismo y en cierta forma, de sus usos y costumbres. Gracias a la existencia de personajes animados que animan a los que se disfrazan. El sentó las bases para los “protocolos” de convivencia de los peluches, sin embargo al ser una comunidad orgánica con intercambios humanos, lo más normal es que quisieran fiestear con el atuendo puesto.

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Como si fuera el apareamiento del tigre en medio de la India, existen pocas formas de saber cómo se franelean (nunca mejor dicho) los furrys o fursonas, ya que hay poco porno al respecto. Por lo general la pornografía privilegia peluches expuestos en gente encuerada, como todes sabemos. Pero gracias a que conforman una comunidad consciente de que la coitalidad no lo es todo en el fornicio, sus evoluciones sexuales y eróticas se basan muchas veces en otras parafilias, como el froting, el uso de juguetes, la erotización con ruidos de animales, los juegos de rol y ciertamente, yo me cachondearia mucho cuando el bato se quitara su disfraz de Pantro. Que dicho sea de paso, así como existen buenas almas que se prenden cuando se encuenran o los encueran, así hay muches que se calientan cuando los visten…De todo hay.
Las fursonas o furrys son como todes aquellos que forman parte de un club, un culto o un equipo de algo: comparten intereses comunes, les une el amor a su actividad, y aunque parecen una religión en ciertos sentidos, no deja de ser divertido pertenecer a una banda a cuyas reuniones llegas vestida de ardillita y tu novio es el que anda de león con todo y melena larga. La parafilia viene con la convivencia y ciertamente en dichos grupos, el grand finale de las convenciones, quizás pueda ser la gran orgia de trajes frotadores.
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Peluche porque ya es otoño: elia.martinez.rodarte@gmail.com