La historia de los dientes que bostezan ante el feminismo

Feminismo y hociconié

Me extraña mucho la ávida saña de algunas mujeres en contra del feminismo, porque incluso existen hombres que saben que éste no es una ronda de locas furiosas que quieren castrarles. Esto sólo por despeinar al lugar común.

El feminismo le da miedo a unes, porque le hacen ver como un movimiento vengativo y ventajoso. Pero, por ejemplo en lo general nos da voz y voto a las mujeres y en lo particular, ha logrado maravillas como generaciones de mejores padres, a veces superiores que las mismas madres y nos ha permitido gozar de hombres más sensibles y empáticos.

Pero en la presunción de inteligencia se pierde mucho, como ayer que estaba leyendo un ofensivo texto llamado “Nuevo feminismo” (sic) en el que Valeria Luiselli, una escritora mexicana, describe cómo le da hueva el feminismo, las protestas por nuestros derechos (de los que ella goza) y el compromiso de las mujeres a su alrededor, que se sienten vinculadas con el feminismo, insultando a su vez a estas mujeres: a una de sus sobrinas y a sus propias estudiantes, de quienes se burla veladamente por sus posturas.

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“Mis amigas afrogringas repiten: Yo, you fuckin kidding me?”

El feminismo le ha permitido a Luiselli poder publicar ese atolondrado artículo en El País para descoserse en una estrambótica equiparación de la era del Sputnik con el estado del feminismo actual, el cual le parece simplón y reaccionario, y le produce largos bostezos.

Demostró eso sí, ser una escritora efectiva, ya que con una sola línea (que borró del original, al anticipar una tormenta de caca encima de ella) logró posicionarse como una banal y superflua, que escribió un texto que parece hecho bajo el estado de un psicofármaco malviajante.

Gracias a los logros de otr@s feministas, hombres y mujeres, hemos obtenido derechos, obligaciones, reacomodo de nuestros roles, empoderamiento económico y mucho más.

El feminismo impulsa la igualdad y equidad en salarios, o que manejemos un coche sin problemas o que sea común salgamos solas. Servirá esperemos, para que en otros pueblos no maten a las mujeres por ser adúlteras, por casarse por su cuenta y hasta por pensar.

El feminismo que le produce hueva a la señora Enrigue, no es una idea descabellada o inusual, porque ella ha podido tomar sus decisiones y obtener privilegios, tan elementales como estudiar y no tener que preocuparse por nada más. Como muchas de nosotras.

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“En resumen: frente a la catastróficamente imbécil realidad actual, todas las mujeres brillantes que conozco han tenido que intercambiar sus ideas por posturas; tenido que remplazar el libre ejercicio del pensamiento complejo por el aburrido derecho a salir a la calle con cartulinas.”

Sin embargo no es justo ni ético ni moral dejar de pensar en las morras, mujeres, señoras grandes, que por cualquier circunstancia de vida no han sido favorecidas por los derechos y beneficios del feminismo, por ignorancia o por machismo exacerbado a su alrededor.

Gracias al feminismo podemos pensar y decir lo que nos venga en gana. Podemos gozar de una cierta solidaridad, sororidad, que nos ayuda a comprender a las otras, compadecernos, empatizar y a considerar que las mismas problemáticas de las unas son de todas.

Luiselli ni siquiera ve eso. El feminismo incluso le permite sentirse ajena del feminismo, porque posee una educación para poder hacer válido su estatus de mujer blanca empoderada, lo cual es bueno. No debe ser reproche ese privilegio. Sólo que de las mujeres pensantes (o creemos pensadoras), se espera una elemental empatía. Sororidad ya sería mucho.

Lo que no es válido, ni creo que tenga que ver con el feminismo, fue ese barato y vulgar truco de no sostener las palabras que escribió. Pidió a El País que quitara la línea más controvertida y mal calibrada.

“El feminismo actual, simplón y reaccionario, me produce largos bostezos”

Quien escribe está obligado, con su nombre y obra, a dar la cara por lo que dice, por sus ideas y el presunto sustento que les aporta. Escribir y luego rajarse no es de un creador ético, digno y mucho menos respetuoso del oficio. Sea hombre, mujer o silla etrusca. Ni siquiera tuvo aplomo ni ovario para sacar la cara ante su dislate y prefiere circular por la red con ese inverosímil e ilegible texto. Al final de esa avería de Luiselli, bajo sus letras firmadas con su nombre, viene un ominoso señalamiento de: “Este artículo ha sido modificado a petición de la autora”. Deshonroso y patético.

Nos vemos en las redes sociales en Facebook y en Twitter. Y nos leemos también en http://www.ivaginaria.wordpress.com, en donde espero sus comentarios y críticas.

 

Harta: elia.martinez.rodarte@gmail.com

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