más allá de las redes…la felicidad del silencio <3

El fin de la intimidad

Elia Martínez Rodarte                    

Hace unas semanas estuve bloqueada de Facebook durante un mes y medio, porque publiqué una fotografía o pintura, ni recuerdo bien, de una orgía. Las figuras lucían bastante difusas y resultaba ser una de esas imágenes que muestra “todo” y nada a la vez. Tengo una historia aburrida y recurrente con la censura, que ahora sería una queja rancia. Quizás la raya de enmedio de las nalgas delataba la desnudez. Quizás por tener una columna de sexualidad y sexología, era lógico que la censura estuviera en mi puerta. Pero, ¿no se supone que esto iba a ser libre? Nos preguntamos esa generación que transitamos estoicamente del disco elepé a lo que sea que exista ahora para tocar música: un elepé, un microaudífono o una usb. Sólo cambiamos la siglas.

Pero las redes sociales nos han destinado a un complejo mundo de protocolos a los cuales hemos ido todos con exacerbada alegría y quizás en una carrera tan rápida, que hemos olvidado muchos aspectos individuales y personales básico y elementales: la vida privada, la intimidad y el respeto de estos valores del otro.

La conformación de etnias, pueblos, comunidades, tribus y otras atrocidades grupales, ha convertido a ciertas redes en ambientes mega polarizados. Teodorov Tzvetan en su libro ensayo “Nosotros y los otros”, plantea ese binomio partiendo cómo nosotros de una cultura y gremio, nos diferenciamos de los otros que no lo son, lo que anima a la diversidad humana y lo que le provee unidad. Pero las redes sociales nos dan la oportunidad de oscilar. Porque el nosotros se convierte en una especie difusa, en la cual inciden muchos otros, “los otros”, de acuerdo a cada red social.

Ya no son alegrías comunes y en esa masa deforme de usuarios diversos y de donde provengan, el individuo empieza a ser global, pero al mismo tiempo, un espejo en donde puede reflejar sus propias vanidades, las reales y las imaginarias.

Esos continuos bloqueos de Facebook, por días largos, en los cuales hube de modificiar ciertas conexiones sociales, académicas y de trabajo en temas relacionados a mi trabajo, cambió mi forma de operar en lo cotidiano, porque al ser excluido de un grupo, paso a ser de otro, como debe ser en este continum cibernético. Como sólo utilizo la red para mi marca, no tenía ningún caso otra cuenta.

En una de sus ediciones el periódico La Vanguardia*, entrevistan a Enric Puig Punyet, doctor en filosofía y autor de La gran adicción. ¿Cómo sobrevivir a internet y no aislarse del mundo? Este hombre de 30 años, cuasi millenial, cuestiona su vida desde la libertad que le da enfrentare a un mundo en el cual le llama por teléfono a sus amigos para saber cómo están. Sin internet de por medio: “…se ha vuelto omnipresente en todos los sentidos posibles, está activo siempre y en todas partes, al ocupar gran parte de nuestra vida dejamos de lado muchas obligaciones vitales. Ahora es internet quien formula las preguntas, robándole al individuo su capacidad para generar nuevos marcos de referencia”, indica.”, dice Puig a la Vanguardia.

El autor insiste en establecer relaciones más humanas que relaciones tecnologizadas, incluso en el momento que la activación humana en su concienciencia sobre el tema, proviene de un mensaje de wassap en su celular, de parte de su mujer, quien le decía “te amo”. Existen consctructos emocionales clásicos que nos atan a la tierra y el flotante amor, lo es uno de ellos.

“Nosotros” y “los otros” estamos mezclados en las redes sociales alimentándonos de las pulsiones publicadas en los post, sean reales o ficción. La misma red social ya es un entorno virtual, ergo un mundo ficticio en el que construimos una apariencia de lo que nosotros queramos o se nos ponga o nos convenga acorde a la imagen idónea, por lo general, una foto de sí mismo consigo mismo: un selfie. El selfie es el símbolo universal de la soledad en una fotografía.

Pasamos vertiginosamente de un elepé al joystick al flopy al dvd al usb y a cada uno de los accesorios que aceleraban las capacidades de nuestras manos y todos sus dedos, pero la evolución de la identidad humana como ser privado y de la construcción del pensamiento, se ralentizan.

Y desde nuestra nueva fuente de citas, las series, en Black Mirror abordan con una crueldad y rudeza esa próxima faceta del ser humano desvencijado ante la presión de las redes sociales.

En el primer capítulo de la temporada tres, “Caída libre” (Nose dive), observamos un escenario extremo de lo que ahora acontece en las redes sociales: somos tasados en todo momento, escrutados en nuestra información personal, violentados o cuestionados sin sentido, hasta que todo llegue a un orden en el que nuestra misma existencia en el mundo real sea avalado por el virtual.

La adorable actriz Bryce Dallas Howard encarna a una ascendente chica que pretende el éxito social gracias a las estrellitas y puntos que acumula: las personas se tasan, o califican, las unas a las otras con su celular. Todo paso social o económico o académico depende del número que vale cada persona. Estar fuera de esa calificación y ser visible, es no existir. Es un capítulo aterrador.

Charlie Brooker, creador de la serie, ex usuario de Facebook y Twitter, redes sociales a las que considera “un concurso de ver quien mea más lejos”, expresó en una entrevista reciente a El País, antes de la salida de la tercera temporada, que todos los capítulos de la serie contienen una “pesadilla plausible”.

La pérdida de la identidad real, la apertura de nuestras vidas a las vidas de otros, la injerencia de las relaciones que establecemos en las redes y sus consecuencias. Eso será lo real de lo virtual.

 

elia.martinez.rodarte@gmail.com

 

Ligas:

 

http://www.lavanguardia.com/vida/20161023/411232045495/enric-puig-desconexion-internet-repercusiones-sociales-redes.html

 

http://elpais.com/elpais/2013/12/04/icon/1386194137_786585.html

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