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Me siento un poco cansada de ser políticamente correcta en muchos temas. Es una de las conclusiones a las que llego tras escribir sobre sexualidad tantos años y conociendo a tantísimas personas a través del correo. Contesto todo y leo todo. Me tardo.

Quizás el aprendizaje sea más para mí siempre, nunca acabo de conocer y tampoco de sorprenderme. Son más las ocasiones en que me sorprendo de que nada me sorprende ya. Es la verdad.

No somos nada originales.

Les juro que no estoy prejuiciada mala onda, les pido perdón, pero en nada ofendo si develo algunos lugares comunes en los que pienso:

Me escriben o dicen:

Alguien: “Es que ha estado muy distante…”

Yo: en mis dentros: “(está cogiendo con alguien más…)”

Alguien: “Se metió al baño con el celular y…”

Yo: en mis dentros: “(está cogiendo con alguien más…)”

Alguien: “No me dice que hace cuando…”

Yo: en mis dentros: “(está cogiendo con alguien más…)”

Más de la mitad de los correos que recibo provienen de asuntos y personas que están siendo infieles, fueron infieles, la infidelidad les arruinó la vida o se las va a a arruinar, y la mayoría de esta gente sólo quiere hablar en voz alta y saber qué opino sobre algo que ya hicieron, pero me dijeron que estaban pensando hacer, entonces mi respuesta por lo general es elemental, personal y privada.

Después viene una tanda de correos de personas feministas, la mayoría de ellas, ha dejado de reclamarme cuestiones ajenas a mi control editorial, por fortuna.

La colección de fotos de penes: estoy pensando en hacer una retrospectiva de los penes de señores que he recibido en 14 años de trayectoria en esta columna, entonces espero encontrar a un curador adecuado, para esta noble tarea. Allende los falos.

Tengo un hermoso lector que siempre me remite ligas maravillosas y me mandó esta entrevista con Siri Hustvedt, autora, feminista y una mujer que casó con Paul Auster con quien tuvo una hija.

El es fanático de La Vanguardia desde que le recomendé La Contra, hace más de 10 años, y me comentaba la nitidez de los conceptos de la señora Hustvedt, quien ciertamente es lúcida y articulada. Ella presenta el libro “La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres”, un excelente título y a nivel editorial, cumple con los estándares de medallas intelectuales, ergo, se debe adorar al totem.

Siri Hustvedt inicia la entrevista con esa franqueza europea nórdica que luego se convierte en algo extraño cuando empieza a operar el disco rayado: la escena de una mujer empoderada que trata de poner en ridículo al hombre en un tour de force innecesario. Nada más vean cualquier entrevista de María Félix, se la pasa empinando a los tipos que ni siquiera ven el revire. Siri lo mismo. Contesta y aplica lugares comúnes: quieres mi libro para que se lo firme a tu mamá o a tu hermana; o que los hombres no aceptan la autoridad de las mujeres y bla bla gua gua; todas esas respuestas castradoras en las que un pobre bato debe capotear a una señora por cortesía, espero, antes que por cualquier distinción de género.

Justamente eso les recaga a los hombres, a las mujeres, a todo mundo que note una leve elevación intelectual o de poder de alguien más. Y lejos del prejuicio de “es mejor que nos vean pendejas” que venden viralmente muchas morras aprovechando el babeo masculino, estamos ante una mujer que sabe su poder, conoce su empoderamiento, pero quizás carece de una se las elementales vistudes del bushido. La cortesía.

Ya no puedo ni quiero ese feminismo castrador en pensamiento o palabra u obra u omisión. No me va.

 

 

 

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