Testosterona: mmm

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Hasta la gallina puso huevos

El cabo John McBurney, desertor yankee y mal herido en el bosque, es salvado por una puberta que recoge hongos en su canastita. Así empieza la película “The beguiled”, “El seductor” (para el público en español). Amy, la adolescente piadosa, conduce al soldado a la escuela de señoritas que funciona pese a la guerra civil de Estados Unidos y lo salvan de una muerte segura. Pero imaginen a un hombre herido (pero entero…) en un grupo de mujeres de todas las edades que, nada más olieron la testosterona de ingle y el ambiente se transformó por completo: las trenzas se apretaron más, las joyas aparecieron de pronto enmedio de la austeridad de la guerra y alguna, de plano se le lanzó a la bragueta al cabo McBurney. Con la llegada de este infortunado hombre a la escuela de la señora Martha, hasta las gallinas empezaron a poner huevos. La testosterona: mmm.

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Esta película, basada en la novela Painted devil de Thomas P. Cullinan (la han filmado dos veces), habla de una problemática primitiva en los seres humanos y en la naturaleza misma: cómo afecta la presencia de un macho en un grupo de hembras. El zoologo Desmond Morris, en su análisis de lo masculino y femenino, dice que cuando nos topamos a una entidad deseable, nuestro cerebro realiza miles de cálculos sobre su atractivo sexual de forma instantánea. Al llegar McBurney a esa escuela de señoritas, el aislamiento y la soledad, elevaron a niveles estrambóticos esos cálculos: el bato las mantuvo prendidas a todas desde su arribo.

Sobre esta historia que les narro, primero vi la versión de Sofia Coppola de 2017. Luego me aventé la del director Don Siegel, de 1971. Y luego, leí la novela de Cullinan. Las buenas historias siempre se salvan en cualquier formato y “The beguiled” es una de ellas y es un gran análisis precisamente, de lo masculino y femenino.

Este grupo de mujeres consta de una directora en edad “madura” para su época, pero muy sexual e intensa. Luego otra veinteañera, casi de 30, que se sentía quedada. Una adolescente lujuriosa, otras ñoñas que prácticamente no figuran, y la pequeña Amy: quien decide el destino final de su amado soldado al que prácticamente salvó sólo una vez…al inicio.

La versión del 71 es muchísimo más atrevida y temo decir, más realista y apegada a la novela: la mecha de la lumbre que el Cabo McBurney la prendió cuando, herido en el bosque en la primera escena, le pregunta a Amy: ¿cuántos años tienes? y ella le contesta: doce, cumpliré 13 en septiembre. En ese instante se acerca una patrulla de soldados buscando yankees. McBurney planta un beso a la púber con el argumento: old enough for kisses. (Traducido suena horrible).

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Y el macho, el cabo McBurney, desde que llega herido a la escuela de las señoritas, asume la napoleónica de divide y vencerás. Dicha de forma más perversa en “El Arte de la Guerra”: “si los ejércitos están unidos, siembra la disensión entre ellos”. Es increíble la forma en cómo se rompe el equilibrio y puede volverse competitivo un grupo de mujeres, por la atención del macho alfa, y no sólo entre las mujeres en edades reproductivas y de pulsiones, sino incluso para las niñas.

Pero ante la posibilidad de sabrosearse lujuriosamente a un señor, en esa casa aislada del mundo que está en guerra, ninguna de sus pretendientas cede, lo que deviene en una tragedia originada, por el mismo encono entre las mujeres. La directora lo invita a ir a su cuarto, luego él le promete a otra que irá a verla esa noche y termina refocilándose con la lujuriosa.

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Temo decirlo querido público, pero en el mundo de la seducción, la atascadencia siempre lleva mano, aunque un@ ni quiera. La pierna lastimada del cabo resiente la herida cuando cae de unas escaleras interminables: forcejea con una de sus damas plantadas para el fornicio. Le deben amputar la pierna.

Cual buen drama pastoral, el cabo McBurney se siente castrado y furioso con las mujeres. Imagínense al tonto de Colin Farrell, el soldado de la versión de Sofia Coppola, tirando muebles en una rabieta descomunal. En la primera adaptación, el cabo es Clint Eastwood, menos teatral. Estaba en sus cuarenta y bien rico. Guapo de su época de “Harry, el sucio”.

Y claro, luego andan diciendo que somos enemigas y que nos peleamos por cualquier garra, sin embargo creo que es un asunto de cualquier ser humano.

Jorge Luis Borges en el cuento “La intrusa”, narra la historia de dos hermanos compartiendo y amando a la misma mujer. La matan. Era la manzana de la discordia.

Cualquiera de las adaptaciones de “The beguiled” y por supuesto, la novela, nos enseñan mucho de la convivencia humana y de cómo se nos ensucia el entorno con un elemento invasor, sacando el animal en celo que al final, todes somos.

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Hallie, es la sirvienta negra de la casa de señoritas. En la versión de Sofia Coppola se eliminó a este personaje. También omitió un aspecto muy importante de la historia, que es la leyenda negra de Miss Martha la directora de la escuela, quien fue amante de su hermano. Cuando Hallie y Miss Martha atienden a Eastwood y deben de asearlo en todo su cuerpo, Hallie anima a Miss Martha a que siga bañándolo, pese a la duda de la última: hágalo Miss Martha, es muy parecido a lo que tenía su hermano… Existen muchos elementos en esta película que denotan a una Sofia Coppola demasiado contenida, muy apegada, diría compulsiva y erróneamente, a la corrección política. Su exploración del alma femenina en su versión es más profunda y cruda, al dejar a los personajes fluir, pero sus mujeres sin duda, están absolutamente muertas al lado de las de la versión de los 70. Aunque en la versión de ha casi cincuenta años las mujeres eran perfectamente encuadradas en roles propios de su sexo género, como una mujercita debía de ser durante la guerra civil gringa, Coppola las liberó de eso, pero Siegel las puso a sentir, a besuquearse, a abrirse los escotes, a sabrosearse a Eastwood. Siegel se fue con todo: senos, besos de un adulto a una púber, tríos y escenas lésbicas…

 

 

A ló Pau: Ese hombre es mío: elia.martínez.rodarte@gmail.com

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