acariciando la calle

piesxetio

Caminando

Caminar es el mejor ejercicio para fortalecer las nalgas. Ergo, se fortalece lo demás, porque nalga manda. Me gusta caminar las ciudades. He aprendido a amar a la calle: es como acariciar el territorio por donde se vive y respira y se coge. Aunque no lo reconozcamos, es un sitio en donde construimos una vida sexual, porque la calle puede implicar una sexualidad libre, inadaptada, incluso hasta más divertida para quienes asumen que buscan un acto sexual libre consensuado y transgresor, como hacerlo en el carro o en una plaza.

Cuando camino, por desgracia, lo más notorio al paso es la enorme cantidad de porquería que emitimos las personas de este país: basura acumulada con el acumulado a veces de otros días. Y en la basura: botes de refrescos, de agua, pañales, toallas sanitarias (oh, oh), envolturas de fritos, olotes con palito, condones (al menos se protegen, qué emoción) y cualquier clase de excremento posible. A la gente sin duda, le encanta la calle para cagar. Ante este escenario medieval, enmedio de ese atroz cúmulo de execrencias e inmundicia diversa, aún prevalece la belleza.

Y lo más increíble es que esa hermosura es ocasionada por las entidades humanas que emiten ese inmenso monte de basura. Nosotros. Atravesando por las muchas banquetas reventadas o inexistentes, la gente adorna el entorno: los novios que se estaban besando cuando pasé a las tres y media y seguían besándose a las cinco que regresé. Los vecinos caguameando a las doce y media del mediodía de un miércoles, su “vino” de la tarde, mientras el Negro, el perro más hermoso del mundo, los acompaña como guarura. Las damas de la panadería que siempre me regañan porque nunca llego a tiempo por el pan que me gusta y que se acaba despuesito de las siete de la mañana; algunos guapos del antro en donde hacen estand up que está bien aburrido y que siempre entro y me salgo de inmediato; los mecánicos…nada como un taller mecánico. Los preferidos de mamá. Y bueno cuando voy al mercado, estibadores y cargadores. La belleza masculina en pleno chacalea en la calle en toda su honestidad urbana.

La calle está llena de chacalitos. Algunos más mirones que decidores, porque saben que andamos a las vivas siempre. Si yo tuviese que determinar quién fornicia más, si el que maneja en las infernales calles urbanas, o quien camina, la victoria absoluta sería para el de pie. Son personas circulando entre otros cuerpos, hay más chanza de ver toda la humanidad de quien pasa al lado de nosotros y creo que la cantidad de actividad sexual coital o no, es más abundosa porque la gente se roza más y se desea en corto. Entre los extremos del acoso sexual y la calentura de quien va buscando a quién tirarse en la vía pública, existen muchos asegunes, moralidad, muchos delitos implicados, quizás, pero una relación antigua con la actividad sexual humana: la calle es sexual.

Cualquier parque es echadero cuando la buenaventura atraviesa oscuridad y fallos en el alumbrado público. El otro día en la noche, mientras caminaba, un par de señores se refocilaban en una placita, como a las siete, después de haberse bebido la quincena en un bar de por las calles vecinas. Lo hicieron en el piso, al lado de una banca, el uno empiernando al otro, que no estaba ya reaccionando mucho. Luego me dijeron, otros mirones como yo, quienes pasaron a darles una repasada al porno urbano, que ambos amantes siguieron atorando sus cuerpos hasta casi las cinco de la mañana. ¿Qué tomarían que pudieron ponerle hasta la alta madrugada?

El miedo al dislate y la confusión masculina, aturden y atolondran mucho en estos tiempos y el mensaje del cachondeo urbano sigue inevitable, y es una forma de transgredir el espacio físico y corporeo de otra persona. Y no sólo se refleja en la violencia de hombres a mujeres o adolescentes y niñas. El otro día mientras caminaba una señora me agarró un chamorro. Estábamos doblando la esquina cerca de una iglesia. Y que se me acerca y se pepena. “Es que se le ven bien bonitas sus medias”. Caminando se conoce la pulsión de la gente.

A pie: elia.martinez.rodarte@gmail.com

 

 

 

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